de Giovanni Arrighi
Editorial: Akal
Este libro analiza magistralmente cuál ha sido la senda de evolución socio-económica de China durante los últimos siglos al hilo de los cuales el capitalismo surgió en el extremo occidental de Eurasia llegando a subyugar a todo el planeta a finales del siglo XIX, y cómo esa senda ha divergido profundamente del modelo europeo caracterizado por una revolución militar y tecnológica permanente que ha sustentado sus modalidades de construcción del Estado, acumulación de capital y conquista territorial. Estudia también el modelo de crecimiento chino basado en un uso intensivo del mercado que no mutó para convertirse en el crisol de un desarrollo capitalista y en un recurso mucho más moderado a la guerra en comparación con las pautas bélicas occidentales. Para acometer esta tarea Giovanni Arrighi reivindica las sociologías de Adam Smith y de Karl Marx como críticos del capitalismo y analiza sus aportaciones en torno a la experiencia secular china de estructuración social y de la posible organización de nuevos modelos de acumulación y crecimiento económico más respetuosos con los equilibrios sociales, ecológicos y humanos. A partir de estas reflexiones Arrighi analiza cuáles pueden ser las pautas de evolución del sistema-mundo capitalista tras la emergencia de China (y del sudeste asiático) como nuevo polo de acumulación y como nuevo actor geopolítico a partir de sus tendencias seculares de construcción del Estado y de organización de la esfera económica en un entorno de crisis irreversible de la hegemonía estadounidense y occidental así como de definitiva emergencia de las clases dominadas del Sur global como sujeto político decisivo para transformar el capitalismo histórico y sus pautas de comportamiento geoestratégico.
Introducción
A mediados de la década de 1960 Geoffrey Barraclough decía: «A principios del siglo XX el poder europeo en Asia y África estaba en su cenit; parecía que ninguna nación podía resistir la superioridad de las armas y el comercio europeo; pero sesenta años después sólo quedaban vestigios del dominio europeo [...] Nunca antes en la historia de la humanidad se había producido un cambio tan revolucionario y con tanta rapidez». El cambio de situación de los pueblos de Asia y África «era la señal más inequívoca del advenimiento de una nueva era». Barraclough estaba convencido de que cuando se escribiera desde una larga perspectiva la historia de la primera mitad del siglo XX –que para la mayoría de los historiadores seguía todavía dominada por las guerras y los problemas europeos– «ningún tema parecerá de mayor importancia que la rebelión contra Occidente». La tesis central de este libro es que cuando se escriba desde esa larga perspectiva la historia de la segunda mitad del siglo XX, es probable que ningún tema parezca de mayor importancia que el resurgimiento económico de Asia oriental. La rebelión contra Occidente generó las condiciones políticas para el aumento de poder social y económico de los pueblos del mundo no occidental. El resurgimiento económico de Asia oriental es la primera señal y la más clara de que ese aumento de poder ha comenzado.
Hablo de resurgimiento porque –con palabras de Gilbert Rozman– «Asia oriental es una gran región del pasado, que estuvo a la vanguardia del desarrollo mundial durante más de dos mil años, hasta el siglo XVI, XVII o incluso el XVIII, cuando sufrió un eclipse relativamente breve pero profundo». Ese resurgimiento se ha producido mediante un proceso de bola de nieve en el que se han ido encadenando sucesivos «milagros» económicos en distintos países de Asia oriental, comenzando por Japón durante las décadas de 1950 y 1960, de donde pasó a Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong, Singapur, Malasia y Tailandia durante las dos décadas siguientes, para culminar en la de 1990 y principios del nuevo milenio con el surgimiento de China como el centro más dinámico de expansión económica y comercial del mundo. En opinión de Terutomo Ozawa –que introdujo la idea de un proceso de bola de nieve para describir el ascenso de Asia oriental– «el milagro chino, aunque todavía esté en una fase incipiente, será sin duda [...] el más espectacular en cuanto a su efecto sobre el resto del mundo [...] especialmente sobre los países vecinos». De forma parecida, Martin Wolf declaraba que
Si [el ascenso de Asia] prosigue como durante las últimas décadas, pondrá fin a los dos siglos de dominación global europea y de su gigantesco vástago norteamericano. Japón no fue sino el heraldo de un futuro asiático, pero se demostró demasiado pequeño e introvertido como para transformar el mundo. Lo que viene detrás –sobre todo China– no será ni una cosa ni otra [...] Europa es el pasado, Estados Unidos el presente y una Asia dominada por China el futuro de la economía global. Ese futuro está llegando. Las grandes preguntas son en qué plazo y con qué sacudidas se producirá.
El futuro asiático pronosticado por Wolf puede no ser tan inevitable como él parece pensar; pero aunque sólo tenga razón en parte, el resurgimiento de Asia oriental sugiere que el vaticinio de Adam Smith de una nivelación final de poder entre el Occidente conquistador y el resto del mundo conquistado podría llegar a hacerse finalmente realidad. Como Karl Marx después de él, Adam Smith veía un punto crítico crucial de la historia mundial en los «descubrimientos» europeos de América y de una ruta hacia las Indias orientales doblando el cabo de Buena Esperanza, pero era mucho menos optimista que Marx en cuanto a los beneficios últimos para la humanidad de esos acontecimientos.
Sus consecuencias han sido ya muy considerables; pero es todavía un período muy corto el de los dos o tres siglos transcurridos desde aquellos descubrimientos para que se hayan manifestado todas ellas. Ninguna previsión humana puede adivinar los beneficios o daños que puedan resultar en el futuro para la humanidad de estos dos extraordinarios sucesos. Uniendo, en cierto modo, las regiones más distantes del mundo, habilitándolas para poder socorrerse recíprocamente en sus necesidades e incrementar su satisfacción mutua, y animando la actividad económica de uno y otro hemisferio, su tendencia general no puede por menos que ser beneficiosa. Bien es verdad que el beneficio comercial que podían haber obtenido los nativos de las Indias orientales y occidentales como consecuencia de esos acontecimientos se han perdido y hundido en los terribles infortunios que han ocasionado [...] En la época del descubrimiento era tan superior la fuerza de los europeos que, valiéndose de la impunidad que ésta les confería, pudieron cometer toda clase de injusticias en aquellos remotos países. Es posible que en lo sucesivo los habitantes de aquellas regiones aumenten sus fuerzas o que se debiliten las europeas, y que los habitantes de todas las partes del mundo puedan alcanzar aquel nivel de valor y de fuerza que, inspirando a todos un temor recíproco, obligue a todas las naciones independientes a una especie de respeto mutuo.
En lugar de que los europeos se debilitaran y los países no europeos se fortalecieran, durante casi dos siglos tras la publicación de La riqueza de las naciones la «fuerza superior» de los europeos y sus descendientes en Norteamérica y otros lugares se hizo mayor, y lo mismo sucedió con su capacidad «para cometer con impunidad todo tipo de injusticias» en el mundo no europeo. De hecho, cuando escribía Smith el «eclipse» de Asia oriental apenas había comenzado y la notable paz, prosperidad y crecimiento demográfico que experimentó China durante gran parte del siglo XVIII eran fuente de inspiración para importantes figuras de la ilustración europea. Leibniz, Voltaire y Quesnay, entre otros, «miraban hacia China en busca de orientación moral, directrices para el desarrollo institucional y pruebas que apoyaran su defensa de causas tan variadas como el despotismo ilustrado, la meritocracia y una economía nacional basada en la agricultura». El mayor contraste con los países europeos era el tamaño y población del imperio chino. En palabras de Quesnay, el imperio chino era «lo que toda Europa sería si estuviera unida bajo un único soberano», caracterización de la que se hizo eco Smith en su observación de que la amplitud del «mercado nacional» chino no era «inferior al mercado de todos los países de Europa juntos».
Durante el siguiente medio siglo un gran salto adelante en el poderío militar europeo socavó esa imagen positiva que se tenía de China. Los comerciantes y aventureros europeos llevaban mucho tiempo insistiendo en la vulnerabilidad militar de un imperio gobernado por una clase de aristócratas ilustrados, al tiempo que se quejaban amargamente de las trabas burocráticas y culturales que hallaban al intentar comerciar con China. Esas censuras y quejas alimentaron una opinión sustancialmente negativa sobre China como un imperio burocráticamente opresor y militarmente débil. En 1836, tres años antes de que Gran Bretaña iniciara la primera Guerra del Opio contra China (1839-1842), el autor de un ensayo anónimo publicado en Cantón sostenía que «probablemente no existe en la actualidad un criterio más infalible para evaluar la civilización y el progreso de las sociedades que la eficacia que cada una de ellas ha alcanzado en “el arte de matar”, la perfección y variedad de sus instrumentos de destrucción mutua y la habilidad con que han aprendido a usarlos». Proseguía desdeñando a la Armada imperial china como una «parodia monstruosa», argumentando que los anticuados cañones e indisciplinados ejércitos habían dejado a China «impotente en tierra» y considerando esas debilidades como síntomas de una deficiencia básica de la sociedad china en su conjunto. Al dar cuenta de esas opiniones, Michael Adas añade que la creciente importancia de la destreza militar «en las evaluaciones europeas de la capacidad genérica de los pueblos no occidentales auguraba malos tiempos para los chinos, que habían caído muy por debajo de los agresivos “bárbaros” que hostigaban sus confines meridionales».
Durante el siglo que siguió a la derrota de China en la primera Guerra del Opio, el eclipse de Asia oriental se convirtió en lo que Ken Pomeranz ha llamado «la Gran Divergencia». La evolución política y económica de esas dos regiones del mundo, caracterizadas hasta entonces por un nivel de vida parecido, comenzó a divergir marcadamente, produciéndose un rápido ascenso de Europa hasta el cenit de su poder y un declive igualmente rápido de Asia oriental hasta su nadir. A finales de la Segunda Guerra Mundial China se había convertido en el país más pobre del mundo; Japón en un Estado «semisoberano» ocupado militarmente; y la mayoría de los países de la región estaban todavía luchando contra el dominio colonial o a punto de verse partidos en dos por la división de la Guerra Fría. En Asia oriental, como en otros lugares, se apreciaban pocas señales de una validación inminente del vaticinio de Adam Smith de que la ampliación y profundización de los intercambios en la economía global actuaría como nivelador de poder entre los pueblos de origen europeo y no europeo. Como es sabido, la Segunda Guerra Mundial dio un tremendo impulso a la rebelión contra Occidente. En toda Asia y África se restablecieron viejas soberanías y se crearon otras nuevas por docenas; pero la descolonización tuvo como contrapartida la constitución del aparato coercitivo occidental más extenso y potencialmente destructivo que el mundo había visto nunca.
La situación comenzó a cambiar a finales de la década de 1960 y principios de la de 1970, cuando el poderosísimo aparato militar estadounidense no consiguió mantener dividido al pueblo vietnamita mediante la frontera artificial creada por la Guerra Fría. Paolo Sylos-Labini, escribiendo para el bicentenario de la publicación de La riqueza de las naciones poco después de que Estados Unidos hubiera decidido retirarse de Vietnam, se preguntaba si había llegado por fin el momento de que –como vaticinaba Adam Smith– «los habitantes de todas las partes del mundo puedan alcanzar aquel nivel de valor y de fuerza que, inspirando a todos un temor recíproco, obligue a todas las naciones independientes a una especie de respeto mutuo». La coyuntura económica también parecía favorecer a los países que constituían el llamado Tercer Mundo. Había gran demanda de sus recursos naturales y también disponían de una mano de obra abundante y barata. Los flujos de capital del Primer al Tercer (y Segundo) Mundo experimentaron una gran expansión; la rápida industrialización de los países del Tercer Mundo socavaba la anterior concentración de actividades industriales en los países del Primer y Segundo mundos; y los países del Tercer Mundo se habían unido, por encima de sus diferencias ideológicas, para exigir un nuevo orden económico internacional.
Revisando las reflexiones de Sylos-Labini dieciocho años después en 1994, señalé que cualquier esperanza (o temor) de una nivelación inminente de las oportunidades de los pueblos del mundo para beneficiarse del proceso en curso de integración económica mundial había sido prematuro. Durante la década de 1980, la escalada de la competencia en los mercados financieros del mundo impulsada por Estados Unidos había frenado en seco el suministro de fondos a los países del Tercer y el Segundo Mundos y había provocado una importante contracción de la demanda mundial de sus productos. Los términos de intercambio se habían vuelto a inclinar en favor del Primer Mundo tan rápida y empinadamente como lo habían hecho en su contra durante la década de 1970. El imperio soviético, desorientado y desorganizado por la creciente turbulencia de la economía global y duramente hostigado por la nueva escalada de la carrera armamentística, se había desintegrado, y en lugar de dos superpotencias enfrentadas, los países del Tercer Mundo tenían ante sí un mundo «unipolar» en el que se veían obligados a competir con los restos del Segundo Mundo por el acceso a los mercados y los recursos del Primer Mundo. Al mismo tiempo, Estados Unidos y sus aliados europeos aprovecharon la oportunidad creada por el colapso de la URSS para reclamar con cierto éxito el «monopolio» global del uso legítimo de la violencia, fomentando la creencia de que su fuerza no sólo era mayor que nunca sino incuestionable a cualquier efecto práctico.
Aun así, también señalaba que la contraofensiva del Primer Mundo no había devuelto las relaciones de poder a su estado anterior a 1970, ya que la disolución del poder soviético se había visto acompañada por el ascenso de lo que Bruce Cumings denominaba el «archipiélago capitalista» de Asia oriental. Japón era de lejos la mayor de las «islas» de ese archipiélago, y tras él se situaban las ciudades-Estado de Singapur y Hong Kong, el Estado-cuartel de Taiwán y el semi-Estado nacional de Corea del Sur. Ninguno de esos Estados era poderoso en términos convencionales: mientras que Hong Kong no era ni siquiera un Estado soberano, los tres mayores Estados –Japón, Corea del Sur y Taiwán– dependían absolutamente de Estados Unidos no sólo en cuanto a su protección militar, sino también en cuanto a su abastecimiento de energía y alimentos, así como para la distribución rentable de sus productos industriales; y sin embargo, el poder económico colectivo del archipiélago como nuevo «taller» y «caja de caudales» del mundo estaba obligando a los centros tradicionales del poder capitalista –Europa occidental y Norteamérica– a reestructurar y reorganizar sus propias industrias, sus propias economías y su propia forma de vida.
Una bifurcación de ese tipo entre el poder económico y militar, argumentaba, no tenía precedente en los anales de la historia capitalista y podía evolucionar en tres direcciones muy diferentes: Estados Unidos y sus aliados europeos podían intentar utilizar su superioridad militar para extraer un «pago de protección» de los centros capitalistas emergentes de Asia oriental. Si ese intento tenía éxito, podía llegar a materializarse el primer imperio auténticamente global de la historia. Si no se llevaba a efecto ese intento, o si no tenía éxito, Asia oriental podría convertirse con el tiempo en el centro de una sociedad de mercado a escala mundial del tipo previsto por Adam Smith; pero también cabía que la bifurcación diera lugar a un caos indefinido a escala mundial. Como decía yo entonces parafraseando a Joseph Schumpeter, antes de que la humanidad se asfixie (o se deleite) en las mazmorras (o en el paraíso) de un imperio global centrado en Occidente o en una sociedad de mercado global centrada en Asia oriental, «podría muy bien arder en los horrores (o en las glorias) de la escalada de violencia que ha acompañado la liquidación del orden mundial de la Guerra Fría».
Las tendencias y acontecimientos durante los trece años que han pasado desde que se escribieron esas líneas han cambiado radicalmente la probabilidad de que se materialice cada un de esas tres posibilidades. La violencia a escala mundial ha seguido aumentando, y como se argumentará en la Tercera Parte de este libro, la adopción por el gobierno de Bush del Proyecto para un Nuevo Siglo Americano como respuesta a los ataques del 11 de septiembre de 2001 fue en ciertos aspectos clave un intento de establecer el primer imperio auténticamente global de la historia del mundo. El fracaso abismal de ese proyecto en el terreno de pruebas iraquí no ha eliminado, pero si ha reducido en gran medida la probabilidad de que llegue a materializarse nunca un imperio mundial centrado en Occidente. Las posibilidades de un caos indefinido a escala mundial han aumentado, pero también lo ha hecho la probabilidad de que lleguemos a contemplar la formación de una sociedad de mercado a escala mundial centrada en Asia oriental. Las perspectivas más brillantes de esa eventualidad se deben en parte a las desastrosas consecuencias para el poderío mundial estadounidense de la aventura iraquí, pero sobre todo al espectacular progreso económico de China desde principios de la década de 1990.
Las eventuales derivaciones del ascenso de China son de suma importancia. China no es un vasallo de Estados Unidos, como Japón o Taiwán, ni tampoco es una mera ciudad-Estado como Hong Kong y Singapur. Aunque el alcance de su poderío militar palidece en comparación con el de Estados Unidos, y aunque el crecimiento de sus industrias todavía depende de las exportaciones al mercado estadounidense, la vinculación de la riqueza y el poder estadounidenses a la importación de artículos chinos baratos y a las compras chinas de bonos del Tesoro estadounidense ha relegado cada vez más a Estados Unidos como principal fuerza impulsora de la expansión comercial y económica de Asia oriental y otros lugares.
La tesis genérica planteada en este libro es que el fracaso del Proyecto para un Nuevo Siglo Americano y el éxito del desarrollo económico chino, tomados conjuntamente, han hecho más probable que nunca en los casi dos siglos y medio que han pasado desde la publicación de La riqueza de las naciones la materialización de la previsión de Adam Smith de una sociedad de mercado a escala mundial basada en una mayor igualdad entre las civilizaciones del mundo.
El libro se divide en cuatro partes, una de ellas principalmente teórica y las otras tres principalmente empíricas. En los capítulos de la Primera Parte expongo las bases teóricas de la investigación. Comienzo repasando el reciente descubrimiento de la importancia de la teoría del desarrollo económico de Adam Smith para una comprensión de lo que Pomeranz ha llamado la Gran Divergencia. A continuación reconstruyo la teoría de Smith comparándola con las teorías del desarrollo capitalista de Marx y de Schumpeter. Mis principales tesis en esa Primera Parte son, en primer lugar, que Smith nunca defendió ni teorizó el desarrollo capitalista, y en segundo lugar que su teoría de los mercados como instrumentos de gobierno es especialmente relevante para una comprensión de las economías de mercado no capitalistas, como lo era China antes de su incorporación subordinada al sistema globalizante europeo de Estados y podría volver a serlo en el siglo XXI en condiciones nacionales e histórico-mundiales totalmente diferentes.
En los capítulos de la Segunda Parte empleo la perspectiva smithiana ampliada expuesta en la Primera Parte para analizar la turbulencia global que precedió y motivó la adopción por el gobierno estadounidense del Proyecto para un Nuevo Siglo Americano y el ascenso económico de China. Sitúo los orígenes de esa turbulencia en la sobreacumulación de capital en un contexto global configurado por la rebelión frente a Occidente y otros levantamientos revolucionarios durante la primera mitad del siglo XX. El resultado fue una profunda crisis de la hegemonía estadounidense a finales de la década de 1960 y principios de la de 1970, que califico como «crisis-señal» de la hegemonía estadounidense. Estados Unidos respondió a esa crisis en la década de 1980 compitiendo agresivamente por el capital en los mercados financieros globales y con una importante escalada de la carrera armamentística con la URSS. Aunque esa respuesta logró reavivar la fortuna política y económica de Estados Unidos más allá de las expectativas más optimistas de sus promotores, también tuvo la consecuencia imprevista de agravar la turbulencia de la economía política global y de hacer depender aún más el poder y la riqueza nacional de Estados Unidos de los ahorros, el capital y el crédito de los inversores y gobiernos extranjeros.
En la Tercera Parte analizo la adopción por el gobierno de Bush del Proyecto para un Nuevo Siglo Americano como respuesta a esas consecuencias imprevistas de la política estadounidense anterior. Tras analizar la debacle del Proyecto, replanteo su adopción y fracaso en la perspectiva smithiana ampliada expuesta en la Primera Parte y reelaborada en la Segunda. Argumentaré que la aventura iraquí ha confirmado hasta el empacho el veredicto anterior de la guerra de Vietnam, esto es, que la superioridad militar occidental ha alcanzado su límite y muestra una fuerte tendencia a implosionar. Además, los veredictos de Vietnam y de Iraq parecen complementarse mutuamente. Mientras que la derrota en Vietnam indujo a Estados Unidos a reintegrar a China en la política mundial para contener los daños y perjuicios políticos de la derrota militar, el resultado de la debacle iraquí puede muy bien marcar el surgimiento de China como auténtico vencedor de la guerra estadounidense contra el Terror.
En la Cuarta Parte analizo específicamente la dinámica del ascenso chino. Tras señalar las dificultades que afronta Estados Unidos en su intento de volver a meter al genio de la expansión económica china en la botella del dominio estadounidense, insisto en que los intentos de prever el futuro comportamiento de China frente a Estados Unidos, sus vecinos y el mundo en general a partir de la experiencia pasada del sistema occidental de Estados son fundamentalmente erróneos, ya que la expansión global del sistema occidental ha transformado su modo de funcionamiento, haciendo irrelevante gran parte de su experiencia anterior para entender las transformaciones actuales. Además, a medida que la relevancia del legado histórico del sistema de Estados occidental iba disminuyendo, la relevancia del anterior sistema centrado en China iba aumentando. Hasta donde podemos decir, la nueva era asiática, si efectivamente se materializa, será portadora de una hibridación fundamental de esos dos legados.
El epílogo con que concluye el libro resume las razones por las que los intentos estadounidenses de revertir el aumento de poder del Sur han tenido un efecto bumerán. Han precipitado lo que denomino la «crisis terminal» de la hegemonía estadounidense, y han creado condiciones más favorables que nunca para el establecimiento del tipo de comunidad de civilizaciones que preconizaba Adam Smith. Pero ese resultado no está asegurado; el dominio estadounidense puede reproducirse con formas más sutiles que en el pasado, y sobre todo, un largo período de aumento de la violencia y caos sin fin a escala mundial sigue siendo una posibilidad real. Qué orden o desorden mundial se materialice finalmente depende en gran medida de la capacidad de los países más poblados del Sur, en primer lugar y ante todo China y la India, de abrir para sí mismos y para el mundo una vía de desarrollo más igualitaria socialmente y más sostenible ecológicamente que la que propició la fortuna de Occidente.
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