07/12/2011 09:58
SALEM, Carlos
Salto de página, 2008
La segunda novela de Carlos Salem, escritor argentino afincado en Madrid, es una de serie negra que nos lleva de vacaciones a un camping nudista para seguir las peripecias de un hombre con problemas familiares, laborales y de identidad. Número Tres es Juan Pérez Pérez, un anti–héroe bipolar que se debate entre su trabajo discreto y frío como asesino a sueldo (con quince “pedidos” entregados por encargo a sus espaldas) y el indolente y gris padre de familia que no es respetado en su casa. Leticia acaba de divorciarse de Juanito, y para encontrar tiempo e intimidad con su nueva pareja, le encarga a éste que se lleve de vacaciones a sus dos hijos: una adolescente decidida y un niño de diez años bastante introvertido. Lo que comienza como unas grises vacaciones con los niños, acaba por cuestionar las ideas del protagonista y por hacerle dudar de todas sus certezas familiares y laborales. En definitiva, Juan Pérez es un hombre cansado de llevarse puesto, de ser clandestino en su vida y en su trabajo.
Su historia, narrada siempre en primera persona y con un calculado uso del monólogo interior, comienza de forma vertiginosa y muy cinematográfica, con una escena en un ascensor para entregar un “pedido”. Después azares laborales y familiares le llevan con sus hijos a un camping nudista de la costa murciana, donde esconder la pistola resultará imposible. Se inicia aquí una de las partes más brillantes de la novela, en la que desfilan una galería de personajes paródicos muy logrados. Uno de ellos es Andrés Camilleri (sosias del escritor italiano Andrea Camilleri), un sabio anciano que aconseja al protagonista y comparte confidencias y borracheras nocturnas con él y que sueña en conocer Sicilia y retirarse allí para escribir novelas policiacas. Muy logrado resulta también Gaspar Beltrán (en esta ocasión sosias de Baltasar Garzón), un juez estrella, pareja actual de la ex-mujer de Juan Pérez. En la segunda mitad de la novela se agranda la figura del inspector Arregui, que persigue y admira al protagonista. Lo único desnudo que exhiben todos durante muchas páginas son sus cuerpos; sus motivaciones e intereses permanecerán ocultos, aportando suspense a la trama.
Esta vuelta de tuerca a la novela negra se convierte en un exceso que, aunque en ocasiones cae en los tópicos del género, está escrito con frescura, humor e inteligencia. Con todo, el resultado final presenta altibajos, y la novela pierde algo de fuerza en su último tercio, pero remonta en un final que cierra todos los cabos sueltos. La muerte planea en toda la obra pero repleta de humor, de fina ironía y Carlos Salem sabe guiarla con un estilo variado y sencillo, ejecutado con eficacia y constante ironía, manejando el ritmo y dosificando la trama para lograr una constante sorpresa en el lector. Esta novela resulta un fresco y divertido ejercicio de género llevado al límite que, como lector, te agarra por la pechera y termina dándote un palmetazo en el hombro y riéndose contigo; aunque no sea cosa de tomarla demasiado en serio.
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