“Resistir a la familia es fundamental para el anticapitalismo”

Nuria Alabao
Libro reseñado: 
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25/03/2024
FEMINISMO
ECONOMIA
neoliberalismo
FAMILIA


Los valores de la familia: entre el neoliberalismo y el nuevo social-conservadurismo (Traficantes de Sueños, 2023), de Melinda Cooper (Sídney, 52 años) es un trabajo fundamental para entender por qué el neoliberalismo defiende la institución familiar. Cooper es profesora de Sociología en la Universidad Nacional Australiana de Canberra y en la actualidad investiga sobre políticas neoliberales y finanzas públicas. Esta entrevista es un resumen de la realizada durante la reciente presentación del libro en Madrid.

¿Puede explicar las tesis del libro y por qué es importante tenerlas en cuenta hoy para entender el funcionamiento tanto del neoliberalismo como del conservadurismo que está resurgiendo en todo el mundo?

En la izquierda se había vuelto un lugar común decir que el feminismo y otros movimientos de la New Left habían colaborado con el neoliberalismo. La filósofa feminista Nancy Fraser dijo, por ejemplo, que había una afinidad subterránea entre el feminismo de la segunda ola y el neoliberalismo, ya que ambos habían socavado las formas de seguridad social –íntimas y económicas– que se habían construido en el orden social keynesiano: el salario familiar [el hombre cobraba lo suficiente para mantener a toda la familia y las mujeres de clase media no trabajaban]. Pero si se acepta esta premisa, la conclusión lógica es extremadamente peligrosa: la de que para poder resistir al capitalismo neoliberal se necesita restaurar las fronteras sociales o de género –o incluso raciales o nacionales–. Así que pensé que era importante ver qué sucedió en ese punto de inflexión en las décadas de 1960 y 70.

Me centré en investigar un movimiento que quizás no es tan espectacular como otros más conocidos: el que defendía los derechos del Estado de bienestar y que también cuestionaba los efectos del Estado social keynesiano; atacaba el orden de género al que había dado lugar el keynesianismo y sus jerarquías internas, por ejemplo, el salario familiar. Al mismo tiempo, no abandonaba la ambición de una redistribución más justa de la riqueza social. Su propuesta era radicalizar la distribución de la riqueza más allá de los límites tolerables por el Estado capitalista. Este movimiento por la ampliación de derechos del Estado del bienestar fue parte del auge de los movimientos de izquierda radical e incluía a la izquierda del movimiento sindical. Presionaban abiertamente por la subida salarial más allá de su asociación al crecimiento. Estaban tratando de recuperar para los trabajadores una mayor participación en los beneficios de la renta nacional. Era radical en el nivel salarial, pero también por a quién se incluía en esta lucha: a los trabajadores migrantes, a los negros, a los jóvenes, a las mujeres y a los trabajadores del sector público.

Este fue un momento peligroso desde el punto de vista de los capitalistas, que hasta entonces habían estado a favor del consenso keynesiano. Economistas como Milton Friedman, que habían sido parte del consenso del New Deal enfrentados con esta militancia de la década de 1960, decidieron que había que acabar con este pacto. Creo que es muy importante no perderse lo que realmente fue el feminismo y los movimientos antirracistas y laborales del momento. Entonces, entran en escena los economistas neoliberales que querían desmantelar todo el aparato del bienestar: “Si el Estado del bienestar hace que la gente se sienta tan empoderada o legitimada para luchar y, además, está aumentando sus deseos revolucionarios, entonces es el momento de acabar con él”.

Por otra parte, estaban los neoconservadores que ven la ruptura de la familia no solo como el síntoma, sino como el catalizador de la crisis capitalista de 1970. Lo interesante es que los neoliberales de entonces decían algo muy parecido: el ataque a la estructura económica de la familia keynesiana suponía una verdadera amenaza para el capitalismo americano. ¿Por qué se preocupaban por la familia? Entendían que la familia tenía una función económica y pensaron que podían restaurar el orden capitalista si desmantelaban el Estado de bienestar, de manera que empujaron para que la gente volviese a algunas formas de parentesco, –voluntario, forzado, normativo, no normativo…– porque esto operaría como un sustituto del bienestar social. Así que, en este momento, los neoliberales y los nuevos conservadores encuentran este extraño punto de convergencia en el que ven la crisis económica en relación a la ruptura de la familia y del orden de género, y están de acuerdo en que hay que restaurarlo. No se va a volver al cabeza de familia masculino de mediados de siglo XX, pero sí a una idea de responsabilidad familiar privada sobre sus miembros.

Entiendo que la crítica de Nancy Fraser quiere incidir en cómo se ha gestado una hegemonía dentro del Partido Demócrata en la que se asume el reconocimiento de las minorías y ciertas demandas, pero no se asocian a la redistribución de la riqueza como sí hacían los movimientos por la ampliación del Estado del bienestar de los que habla.

Hay una parte del argumento de Fraser contra el neoliberalismo progresista con el que estoy de acuerdo, pero no con cómo lo define. Viene a decir que parte de la izquierda ha sido absorbida por demandas neoliberales de reconocimiento de la identidad, e inclusión legal o la expansión de ciertos derechos, desvinculándolos de una cuestión más amplia de redistribución económica.

Es evidente que hay avances reales en el reconocimiento de las relaciones no normativas, como el matrimonio entre personas del mismo sexo, pero podríamos ver eso como un ejemplo de neoliberalismo progresista. Lo que está pasando es que el impulso radical de los movimientos de los años setenta se ha canalizado de nuevo hacia el parentesco, en la forma del matrimonio y la familia. Hay una razón económica que es totalmente compatible con las ideas neoliberales sobre la función de la familia en el bienestar. Cuando examinamos la jurisprudencia en torno al matrimonio entre personas del mismo sexo, vemos que el argumento era dejar que los gays se casaran porque la unidad conyugal serviría como sustituto de la asistencia social y no serían una carga para el Estado. Este argumento se fraguó en plena crisis del sida, cuando las autoridades públicas no querían hacerse cargo de los gastos hospitalarios derivados de esa enfermedad. El economista neoliberal Richard Posner fue el primero en recomendar el matrimonio entre personas del mismo sexo. No tenía ningún tipo de oposición moral a la sexualidad no normativa, pero al mismo tiempo pensaba que los derechos a la sexualidad no normativa debían ser reconocidos con la condición de que las personas entrasen en algún tipo de relación familiar con reconocimiento legal.

Algo parecido ocurrió con la reforma de la asistencia social que se produjo bajo la Administración Clinton, una especie de apogeo del neoliberalismo progresista. Esta reforma revivía la forma más atávica y punitiva del welfare, porque implicaba que una mujer debía ser dependiente de un cónyuge en el matrimonio en lugar de del Estado. Lo que hizo esta reforma fue invertir el dinero de la asistencia social en localizar a los padres genéticos de los hijos de las madres solteras para que se hiciesen cargo de la familia.

Nancy Fraser no aprovecha esta reforma política histórica del neoliberalismo progresista para preguntarse ¿qué nos dice esto sobre el neoliberalismo? Está claro que cuando se trata del cuidado y la dependencia, el neoliberalismo no solo se contenta con el reconocimiento de la familia, sino que inventa activamente relaciones familiares que no son emocionalmente reales o consensuales y obliga a las personas en estas relaciones a subvencionarse mutuamente para sustituir al Estado. Así, la responsabilidad familiar es un pilar absoluto de la idea neoliberal progresista.

Resumiendo; estoy de acuerdo en que una gran parte de la izquierda se acerca al pensamiento neoliberal, pero no creo que el pensamiento neoliberal sea de ninguna manera antifamiliar o antijerarquía de género. Esta es la paradoja de nuestro tiempo: hemos asistido a una ampliación de las formas de expresión sexual y de parentesco permitidas, pero eso no significa que el parentesco en sí mismo haya dejado de ser central para el Estado de bienestar neoliberal, de manera que incluso se impone activamente desde el Estado como una obligación.

En general, la izquierda también reivindica la institución familiar, incluso se dice que es un bastión de resistencia al neoliberalismo o al capitalismo. ¿Por qué se ha producido esto y por qué es necesario cuestionarnos o desafiar esta institución?

Creo que es una mitología tanto de la izquierda como de los liberales económicos. Si nos fijamos en la historia del liberalismo económico, los liberales siempre han tenido problemas para encajar el rol de la familia en su visión de la dinámica económica porque están a favor del individuo y de la responsabilidad personal y la contradicción más evidente aquí es la cuestión de la herencia. El liberalismo económico luchó en contra desde la Revolución Francesa porque la herencia o ciertas formas de herencia –como la primogenitura– aparecen como el último baluarte del orden aristocrático feudal. Sin embargo, los economistas liberales no piden acabar con la herencia, la necesitan, pero ven la contradicción porque hablan de meritocracia y presumen un igualitarismo formal en el contrato económico. Pero en cuanto existe la herencia, tienes que admitir que los individuos no llegan al contrato como iguales.

Así que la familia presenta siempre este inconveniente, pero es absolutamente fundamental, porque para proteger la riqueza privada es necesario proteger la transmisión de la riqueza dentro de la familia. Así que la familia nunca ha sido una forma de resistencia al capitalismo. Es la forma en que la riqueza privada se reproduce a través del tiempo. Esto no quiere decir que la forma de la familia permanezca estática, cambia radicalmente en diferentes épocas y no tiene la misma función para las diferentes clases, pero es absolutamente esencial. Por eso, la resistencia a la familia es fundamental para el anticapitalismo. No puedes criticar o enfrentarte al capitalismo sin atender a la institución de la herencia.

Suele decir que no existe la ‘familia tradicional’, sino que esta figura es una producción histórica. ¿A qué se refiere?

Algo que me inquietaba de las reseñas de Los valores de la familia es que, incluso las personas que simpatizaban con su tesis, decían que el libro era una crítica a la familia nuclear patriarcal normativa. Es eso, claro, pero también es una crítica a la familia no normativa o a la familia extensa. La gente cree que si las familias fueran extensas serían mucho mejores. Si nos fijamos en la formación de la familia del siglo XX, la familia nuclear fue un producto de la familia fordista y del salario familiar: la capacidad de una unidad familiar para vivir juntos en una vivienda sin familia extensa y sin servicio doméstico –la de clase media–. Para reemplazar el servicio doméstico, el trabajo no remunerado de la mujer en el hogar fue parcialmente subsidiado por el Estado. Todo este tipo de ayudas sociales crearon y apoyaron la individualización de la familia.

Hoy en día, creo que en muchos países estamos volviendo a una forma de familia extendida. El ejemplo de Australia es muy claro porque no hay un sistema donde el trabajo de las migrantes sustituya el trabajo doméstico. Lo que está pasando es que las mujeres casadas o con hijos siguen trabajando, pero es la familia extensa la que cuida de los niños. El aumento de los precios de la vivienda hace que la gente viva cada vez más junta en hogares multigeneracionales. Los hijos viven en el hogar familiar hasta bien avanzados los veinte o treinta años, e incluso más allá, y los abuelos conviven muchas veces con ellos. En el mejor de los casos, eso implica un reparto de la riqueza familiar, en el peor, un reparto de la deuda. Cuando yo era joven, la gente se iba de casa a los dieciséis años y vivía de forma independiente. Esto ha cambiado y creo que la tendencia neoliberal es hacia la familia extensa. Aquí es donde no albergo ningún romanticismo por las familias tradicionales. Y creo que tenemos que ser muy escépticos cuando la gente evoca estas ideas o las romantiza.

En The asset economy (Wiley) –junto con Lisa Adkins y Martijn Konings– explican cómo desde los años ochenta hemos entrado en una fase de “bienestar basado en activos”. La financiarización (sobre todo de la vivienda) se ha convertido en un sustituto del Estado del bienestar. ¿Qué consecuencias tiene esto para la configuración de las clases sociales?

Esto es algo por lo que los neoliberales progresistas de la tercera vía apostaron. Pensaron: “Si podemos empujar a tanta gente como sea posible a la propiedad de la vivienda y apoyar el incremento de valor de las casas, atraeremos a esos votantes a la economía de la transmisión de la riqueza familiar”. A veces el argumento era “vamos a crear una generación de pequeños conservadores: las personas que quieren proteger su propiedad y su patrimonio familiar”. Creo que en muchos sentidos ha sido una propuesta bastante exitosa. Las viviendas pasaron a ser los activos financieros de la clase media. El problema aquí es que llega un momento en el que no se puede seguir incorporando gente a esta economía porque los precios de la vivienda y los niveles de deuda se disparan.

Hace tiempo que superamos ese momento en el que había una especie de neoliberalismo aspiracional y estamos empezando a ver las líneas divisorias de nuevo. Hay una fractura entre personas que tienen propiedades o cuyos padres tienen propiedades que van a heredar –incluso más tarde en la vida–, y los que nunca heredarán, y que están atrapados en el alquiler y el trabajo precario. Esto transforma la forma en que se organizan las clases. Puede haber dos personas, ambas, incluso, con trabajos profesionales relativamente bien pagados, pero en una ciudad con precios inmobiliarios muy elevados, en realidad están en posiciones de clase completamente diferentes. Una no tiene que preocuparse por los costes de la vivienda o por el crédito al consumo porque la vivienda puede respaldar esos créditos. Así, en el libro intentamos establecer una tipología alternativa de clase que tuviera en cuenta las posiciones de las personas respecto a los activos financieros, incluida la vivienda. Arriba del todo están las personas que poseen y negocian con activos financieros que no son residenciales –capital de inversión, propiedad intelectual…–, y después una clase media-alta cuyo principal activo es la vivienda. Los que tienen propiedades de inversión y los que son dueños solo de una residencia ya se encuentran en una posición de clase diferente, pero después hay todo un grupo de personas que tienen hipotecas y que en realidad son propietarios de manera diferida, de manera aspiracional, simplemente están endeudadas, que es un situación peligrosa, teniendo en cuenta la precariedad generalizada del trabajo. Así que también matizamos nuestro análisis de clase en términos de trabajo inseguro. Pero tener un trabajo inseguro y una vivienda como garantía detrás de ti es muy diferente a estar en la misma situación pero sin activos.

Lo que esto significa en términos de familia es que volvemos a una especie de economía dinástica. Las oportunidades sociales están determinadas por tus padres y el bienestar de tus padres. Y la contracara de esto son las economías de trabajos forzados por deuda, que involucran a generaciones enteras. Un ejemplo muy crudo de esto es la economía de los préstamos estudiantiles en Estados Unidos. A menudo, son los abuelos y los padres los que se endeudan para permitir que un niño vaya a la universidad, con la esperanza de que este niño acabe consiguiendo un trabajo lo suficientemente bien remunerado como para pagar esa deuda que involucra a varias generaciones de la familia. Esto es un forma de trabajos forzados por deuda. No es endeudamiento personal sino formas familiares intergeneracionales de endeudamiento.

También estamos viendo el resurgimiento de formas familiares de empresas capitalistas en todo el mundo. Es obvio cuando nos fijamos en gente como Donald Trump, Coke Industries… Estas empresas familiares privadas siempre han existido, pero han adquirido una nueva prominencia y centralidad en el capitalismo americano que no tenían en la década de 1970. Así que creo que este retorno de la familia como un vector de transmisión de riqueza está ocurriendo en varios niveles diferentes simultáneamente.