Ola reaccionaria, racismo y hegemonía. Una introducción (coyuntural) a «Gobernar la crisis»

Vicente Rubio-Pueyo
Libro reseñado: 
IECCS
10/01/2024
neoliberalismo

Acaba de publicarse Gobernar la crisis. Los atracos, el Estado y «la ley y el orden», de Stuart Hall, Tony Jefferson, John Clark, Brian Roberts y Chas Critcher, en Traficantes de Sueños. Se trata de la primera traducción - en un excelente trabajo de Ana Useros - de Policing the Crisis. Mugging, the State and Law and Order, publicado originalmente en 1978 por Hall y sus colaboradores como un proyecto más - aunque especialmente crucial - de la trayectoria y producción del Centre of Contemporary Cultural Studies de Birmingham.

En otro artículo reciente, publicado gracias a las compas de El Rumor de las Multitudes, intentaba ayudar a quien quiera acercarse al libro aportando algunas notas introductorias sobre el contexto original de publicación de Policing the Crisis, sobre la coyuntura histórica que le dió lugar y apuntando brevemente algunas líneas de lectura del libro que, entiendo, pueden ser especialmente fructíferas para conectar el trabajo de Hall y su equipo con nuestra coyuntura presente.

Este uso insistente que hago de la palabra coyuntura no es casual. Fue precisamente aquel libro el que inauguraría el llamado «análisis coyuntural», posiblemente una de las aportaciones metodológicas y teóricas más importantes y características de la escuela de Birmingham, si bien, como han señalado importantes practicantes de los estudios culturales, como Larry Grossberg, se trata de un concepto que ha sido más practicado que propiamente teorizado, o incluso explicado con claridad.

En cualquier caso, ciertamente parece que la obra de Stuart Hall, sin embargo, siempre invita a realizar lecturas de este tipo. Esto es, lecturas marcadas no tanto por la mirada filológica, destinadas a elucidar un significado original de un texto en su contexto inicial, sino –de una forma que creo es profundamente gramsciana– como una praxis en la que los conceptos sólo pudieran en realidad existir y explicarse a través de su desenvolvimiento histórico y político, tanto en el contexto original que los produjo, que les dio lugar entonces, como en el que los recibe ahora, e intenta volver a hacer uso de ellos. La validez de los conceptos teóricos no se mide por tanto nunca de acuerdo a su ajuste o coherencia internos y abstractos, sino mediante la potencia de sus usos, de sus efectos. Leemos siempre políticamente, para intentar entender el pasado políticamente, y para trabajar políticamente en el presente. Por otra parte, no es la primera vez que intento una lectura de este tipo de la obra de Stuart Hall. Hace unos años, en un dossier coordinado junto a mi compañero Fruela Fernández, traté de proponer algunos puntos en los que el trabajo del pensador jamaicano podía ayudarnos a entender algunas dimensiones y problemas de lo que una vez se llamó la “España del cambio”, sus tensiones internas, sus posibilidades. Más recientemente, como decía, apunté algunos hilos que conectan Gobernar la crisis con nuestro momento presente.

Ahora, este texto que comparto aquí quisiera precisamente profundizar un poco más en esas conexiones entre Gobernar la crisis y nuestra coyuntura presente, así como pensar cómo algunas nociones teóricas de Hall pueden ayudarnos a comprender mejor nuestro presente, sus tensiones y posibilidades latentes.

Para ello, es preciso referir, de manera hiperbreve, de que trata Gobernar la crisis. Publicado en 1978, Gobernar la crisis tenía como objeto de estudio inicial una supuesta ola de atracos callejeros surgida a mediados de los 70 en centros urbanos de toda Gran Bretaña. Lo que Hall y su equipo identificaron es que esa supuesta ola de criminalidad era en realidad un fenómeno producido mediante la interacción de diferentes aparatos estatales, represivos e ideológicos: figuras criminales racializadas (el mugger, el atracador, el «mangui»  o mangante) creadas por la policía; pánicos morales inducidos socialmente por la prensa; y penas ejemplarizantes impuestas por las instituciones judiciales. A partir de ahí, lo que Hall y sus colaboradores vieron es que, más allá de esos casos y esas condenas, el problema condensaba la ruptura de los consensos sociales, políticos e ideológicos que sostenían el estado del bienestar laborista del «Espíritu del 45». En otras palabras: estaban identificando el thatcherismo antes de Thatcher, el clima social e ideológico que muy poco después Thatcher articularía políticamente. Con los resultados que todos conocemos: el nacimiento del neoliberalismo como proyecto político hegemónico.

Gobernar la crisis y nuestra coyuntura.

A veces la textura de las coyunturas históricas se deja ver en pequeñas coincidencias cotidianas, detalles que vivimos como fruto de la casualidad. Un azar conecta la lectura singular de un lector con acontecimientos y procesos históricos, abriendo ángulos de lectura no vislumbrados inicialmente. La primera lectura de Policing the Crisis por este lector singular tuvo lugar en los meses de diciembre de 2019 y enero de 2020. Lo recuerdo bien porque durante aquellas mismas semanas en que transcurría mi lectura las noticias en España estaban saturadas por dos acontecimientos o cuestiones políticas y sociales muy diferentes entre sí.  Sin duda las recordarán: una eran los debates parlamentarios para la conformación del gobierno de coalición en el Congreso de los diputados. La otra eran las polémicas, los bulos y los ataques a centros de acogida para los denominados «menores extranjeros no acompañados», jaleados por la prensa y por redes convertidas ambas en altavoz de discursos racistas, alarmistas y criminalizadores.

La casualidad que en aquel diciembre de 2019 acompañaba mi lectura de Policing the Crisis con aquellos acontecimientos me hizo pensar. Por un lado, estaba la claridad con que los discursos de la extrema derecha, amplificados por los medios, y la criminalización sistemática de aquellos menores, intentaban construir un «pánico moral» de manual, del tipo que Hall y sus colaboradores explican en profundidad en el libro. Por otro lado, estaba la configuración, por vez primera en España, de un gobierno de coalición progresista, en medio de muchas tensiones, recibido con manifiesta hostilidad por las tres derechas entonces existentes en el arco parlamentario español, y sustentado en un precario equilibrio de alianzas y compromisos. Si Policing the Crisis es un libro fundamental para repensar el concepto de hegemonía, sus múltiples dimensiones y ángulos, sus niveles y torsiones y modos de funcionamiento, su operatividad y efectividad mismas, aquella situación social y política en España nos ofrecía dos ejemplos de lo que podríamos entender como dos extremos en toda construcción o cadena hegemónica: el enraizamiento en lo social, en la construcción de percepciones y discursos que se vinculan y explican lo cotidiano, por un lado, y su articulación política institucional, en mayorías parlamentarias, y en proyectos de gobierno y visiones de todo un país, por otro. En medio, por supuesto, existen muchas otras dimensiones, igualmente importantes (si no, la cadena se rompería). Pero esos dos extremos nos dicen algo de esa necesidad de la construcción hegemónica, y de sus lógicas, internas y externas.

A partir de aquí, quisiera centrarme en algunas cuestiones de la coyuntura política española presente por las que creo que Gobernar la crisis es un libro enormemente relevante y útil aquí –en España– y ahora, a finales de 2023. Trataré de presentar estos aspectos de nuestra coyuntura presente de una forma ordenada, que abordará primero el análisis de algunos de los múltiples elementos que componen lo que se ha venido describiendo como ola reaccionaria: la interconexión entre aparatos policiales, judiciales y mediáticos; el rol de VOX y los post-fascismos como síntomas de un cierre de régimen; entre otros. Después continuaré con algunas consideraciones más enfocadas en diferentes dimensiones de las luchas antirracistas. Por último, concluiré con algunas reflexiones breves sobre los últimos desarrollos políticos, que llegan a estas últimas semanas del otoño de 2023,  volviendo sobre el concepto de hegemonía y de coyuntura que Hall, Jefferson, Clark, Roberts y Critcher elaboraron en Gobernar la crisis.

Poderes, lawfare y «cloacas»

Gobernar la crisis comenzaba enfocándose en la conexión entre el aparato policial, judicial y mediático: las condenas a jóvenes racializados que habían participado en crímenes de asalto y pequeños robos empezaban a ser cada vez más severas, superando con mucho las penas hasta entonces habituales. Había un creciente ambiente de alarmismo y miedo, animado por la prensa escrita y por la televisión, que criminalizaba a estos jóvenes y a sus comunidades de origen. Además, estas condenas judiciales y discursos mediáticos se acompañaban de presencia policial creciente y de actuaciones basadas en esa sospecha y criminalización previas.

Podemos encontrar sin duda muchísimos paralelos con la España de los últimos años. Sin duda, el caso ya mencionado de los menores extranjeros no acompañados era un ejemplo especialmente intenso de una dinámica siempre presente de campañas de criminalización de migrantes, constantes bulos y marcos de interpretación estimulados por partidos y organizaciones de extrema derecha, y replicados acrítica –cuando no activa y conscientemente– por muchos medios de comunicación.

Además, podemos observar esta conexión entre aparatos en muchos otros episodios y niveles políticos. Está el aumento del poder y presencia policial en muchas ciudades y calles desde la aprobación en 2015 por PP y PSOE de la Ley Mordaza. Además de la notable limitación del derecho a la protesta y al uso político y ciudadano de la calle y los espacios públicos, objetivo inicial declarado de la ley, esta ha generado otros muchos efectos, como el aumento en el acoso a personas racializadas y migrantes y la criminalización de militantes sociales y políticos, como los activistas de vivienda, y de los movimientos antirracistas.

Por otra parte, estos últimos años han dejado clara la connivencia entre sectores policiales y medios de comunicación, patente en los documentos del ex-comisario Villarejo. Esa conexión directa y concreta ha nutrido además la persecución y criminalización sistemática, sostenida policial, mediática y judicialmente (aunque nunca haya podido traducirse en las condenas que sus instigadores buscaban) de Podemos y de sus principales figuras de liderazgo, así como un clima de acoso social y mediático como el sufrido por Pablo Iglesias e Irene Montero, pero también otros casos como Alberto Rodríguez e Isa Serra, entre muchos otros miembros de Podemos, o de otras figuras importantes de los municipalismos, desde la fabricación del llamado «caso de los titiriteros» en Madrid, a la persecución, bajo diferentes pretextos judiciales, a miembros del ayuntamiento madrileño como Guillermo Zapata, Celia Mayer, Carlos Sánchez Mato y Ana Varela; o las demandas contra Ada Colau y miembros del consistorio en Barcelona. Todos estos, no obstante, y como indicaba más arriba, son simplemente los casos más conocidos entre muchísimos otros enmarcados en una creciente presión policial sobre movimientos sociales y políticos, como muestran las tácticas de infiltración policial en colectivos.

Más allá y más acá de lo innumerable de los casos concretos, esta tendencia a la judicialización de toda cuestión política desde la derecha y diferentes grupos de poder ha sido una constante a lo largo de los últimos años. El caso más importante es sin duda el del tratamiento de todo el conflicto político e institucional derivado del proceso independentista en Cataluña patente ahora, además en todo el juicio e itinerario judicial dejado atrás, por la hostilidad con que órganos y asociaciones judiciales recibieron –antes incluso de haber podido leerla– la Ley de Amnistía en noviembre de 2023. Pero también el bloqueo conservador a la renovación del Consejo General del Poder Judicial, resistida en nombre de una supuesta preocupación por la separación e independencia de los poderes del estado. Se trata sin duda de diversas formas de lawfare, por usar un término preciso y de uso común en todo el mundo que los conservadores estamentos del poder judicial español parecen haber descubierto escandalizados sólo en estas últimas semanas. El lawfare no es otra cosa que la forma en que la defensa de la sacrosanta separación de poderes supuestamente consustancial a la institucionalidad liberal y democrática es usada como pretexto para el bloqueo sistemático de reformas y transformaciones, la defensa de intereses de privilegiadas minorías económicas, y para la neutralización de figuras políticas ajenas u hostiles a esas elites. Cuando no, también, para urdir climas de rechazo y desestabilización institucional mediante la instrumentalización de la supuesta neutralidad fría, desapasionada y técnica –«la justicia es ciega»– del poder judicial.

Gobernar la crisis puede ayudarnos a entender la importancia e interconexión de algunas de estas cuestiones. En primer lugar, para abordar, por ejemplo, el conjunto de connivencias entre sectores policiales, mediáticos y judiciales que habitualmente se han conceptualizado como «las cloacas». Y para ofrecer en ese sentido una explicación algo más ambiciosa en términos no solo conceptuales, sino políticos e ideológicos, como un problema más amplio de horizonte político. La explicación de las cloacas, habitualmente promovida desde Podemos, siendo absolutamente cierta, tiene dos problemas fundamentales. El primero es una tendencia a la personalización, tanto de los actores que componen ese circuito de las cloacas, como de quienes sufren su acoso. Quiero que se me entienda bien: esa personalización es en buena medida inevitable, y está, además, totalmente justificada y es perfectamente comprensible. Una pregunta que puede plantearse, sin embargo, es si esa posición de denuncia constante es la más capaz de movilizar políticamente, de convocar los afectos políticos más constructivos para ampliar la capacidad hegemónica de la izquierda. Sin duda la denuncia es imprescindible. Pero me pregunto si centrarse en verdugos y víctimas individuales no impide a mucha gente comprender el problema más allá de un «ajuste de cuentas», una «venganza» personal de la cúpula de Podemos, y no como un ángulo importante del necesario ataque y crítica al Régimen del 78, a una democracia española todavía inacabada y con profundos déficits democráticos. De nuevo, tampoco digo que la personalización esté en sí misma exenta de virtudes: da un rostro, unos protagonistas al conflicto. Y eso también ayuda a entenderlo.

El segundo problema es que esa posición de denuncia, a la defensiva, como digo absolutamente necesaria y comprensible, impide a menudo la enunciación de alternativas, la construcción de una mirada con más capacidad hegemonizante, al menos potencialmente. Es cierto que ya no estamos en 2015, y tanto en España como en muchos lugares ha pasado el momento de apertura que posibilitaba la redefinición de contornos, los realineamientos (aquello que se llamó «la transversalidad»), y nos encontramos en un momento de bloques aparentemente impermeables. Pero creo que renunciar a la búsqueda de esos realineamientos tampoco es una solución. A lo que Gobernar la crisis nos ayuda es a ver el problema de las conexiones entre aparatos no solo como una conspiración (cierta) hacia un actor político concreto (y más allá de ese actor, a multitud de causas, movimientos, activistas más desconocidos), sino a ver esas conexiones como parte de una secuencia de cierre de estado, de un caminar lento pero diría que decidido, hacia otra forma de estado menos democrático.

VOX y los post-fascismos como síntoma

En la explicación de esa secuencia podemos encontrar otra de las grandes enseñanzas de Hall y sus colaboradores. Esto es, cómo Gobernar la crisis puede ayudarnos a construir otra explicación de los actuales post-fascismos, del auge de las extremas derechas en todo el mundo en general, pero también de algunos aspectos en el caso español en particular. O al menos a introducir algunos matices importantes. Sin duda el debate en torno a los nuevos fascismos, post-fascismos, derechas radicales, extremas derechas, trumpismo, bolsonarismo, etc. (consigno simplemente los términos) ha desarrollado muchos matices y complejidades conceptuales, además de observar las diferentes determinaciones y declinaciones concretas de cada realidad. Sin embargo, creo que, en líneas generales, y obviamente con muchas excepciones, sigue predominando, de manera a veces más inconsciente que consciente, una consideración del fascismo muy anclada en una visión de fondo liberal, y centrista, a veces incluso en analistas de izquierdas. Esta visión consistiría en  explicar la emergencia fascista siempre como aberración externa al sistema político. Esta explicación contiene una implicación obvia: la institucionalidad democrática liberal estaría pues en origen libre de mancha, previamente a la emergencia fascista, a una irrupción fascista posterior y externa al sistema liberal. Por supuesto, en España cualquier analista de izquierda y de centro izquierda no dudaría en señalar las limitaciones de la Transición, las herencias del franquismo y otras causas similares para apuntar a lo que sería un carácter imperfecto, insuficientemente democrático, del sistema político español. Sin duda. Eso conduciría, en el caso español, a un razonamiento bastante extendido en el imaginario progresista, una suerte de derivado de las ideologías de la modernización, que tendería a ver el problema a través del prisma de la sempiterna excepcionalidad española, su lejanía con una modernidad europea supuestamente canónica, normal. Por otro lado, este tipo de narrativa tiende a combinarse con otra figura, que es la del fascismo como simple y eterno retorno del franquismo: debido a las limitaciones de la transición, una esencia o residuo franquista habría quedado para siempre enquistada en el sistema político, en los aparatos de estado, en la sociedad española (el llamado «franquismo sociológico») y habría estado siempre ahí, bien contenida dentro del PP, bien ya abierta y desatada con la aparición de VOX. Así, el post-fascismo que VOX representa no sería sino el simple retorno nostálgico del residuo franquista.

Sin negar los numerosos elementos de verdad de estas narrativas, es importante sin embargo señalar lo que dejan fuera. El problema es que esa imperfección democrática no es únicamente una falta congénita específica de la democracia española. Se trata en realidad de un peligro subyacente a toda democracia liberal, a todo sistema democrático sustentado en un estado que en su configuración continúa severamente determinado y controlado en términos de clase, de bloques de poder. Los fascismos, tanto los históricos como los presentes, nunca fueron ni son aberraciones monstruosas surgidas desde los márgenes del sistema, sino consecuencias e instrumentos del sistema mismo. La institucionalidad burguesa, el capitalismo monopolista y la resaca del saqueo colonial generaron el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán como salida a su crisis de entreguerras en los años veinte y treinta del pasado siglo. Y es la descomposición del proyecto neoliberal la que alumbra ahora estos nuevos post-fascismos como su prolongación grotesca y zombie, sí, pero también históricamente necesaria.

En ese sentido, es interesante notar una enorme ausencia. Durante los últimos años hemos asistido a la proliferación, en diferentes contextos, de importantes debates en torno al carácter, genealogía, composición y programática de los nuevos fascismos y extremas derechas. Lo que en Estados Unidos, por ejemplo, se ha denominado como «The Fascism Debate» ha oscilado entre la necesaria urgencia de una discusión política y el interés de una deliberación conceptual, teórica e historiográfica, pero también la caída a menudo en un mero litigio terminológico, donde el debate se reducía a elucidar la completa equivalencia o no de experiencias contemporáneas con los fascismos históricos, como si fuera a menudo más importante catalogar un fenómeno político como fascista o no, en vez de pensar en qué medida catalogarlo de una manera u otra nos ayudaba, o no, a combatirlo políticamente. Todo ello, sin embargo, ha traído consigo una importante recuperación y replanteamiento de muchas fuentes historiográficas, referencias teóricas y conceptuales de muy diverso signo. Sin embargo, si hay una ausencia especialmente significativa –por los aspectos que hemos venido señalando– es la de la obra de Nicos Poulantzas.

Siguiendo en parte a Poulantzas, Hall y sus colaboradores dedican en Policing the Crisis algunos capítulos a la revisión de los debates marxistas en torno al estado. introduciendo importantes matizaciones para no caer en la concepción marxista más clásica, puramente instrumental, del Estado, y para complejizar el carácter ciertamente de clase, pero no determinista, del mismo. Esto puede ser de gran ayuda para consignar algo de lo que estoy seguro todes somos conscientes, pero que no termino de ver enunciado e incorporado plenamente a nuestros discursos y narrativas políticas. A saber: que la emergencia de VOX, en España, no se explica, como decía, como aberración externa al sistema, ni como herencia o residuo nostálgico franquista. O al menos, no únicamente.

VOX se explica, fundamentalmente, a través de dos factores. Primero, por su carácter de síntoma de un cierre de régimen. Un cierre que puede adoptar diferentes formas de acuerdo a la correlación de fuerzas existente y al impacto de factores y acontecimientos sin duda variables. Pero en cualquiera de sus posibles variantes, la presencia de VOX garantizaría un giro gradual hacia una versión más derechizada, e incluso protoautoritaria, del Régimen del ‘78. Bien como acompañante y socio de gobierno de un PP radicalizado –tanto en ayuntamientos como comunidades autónomas, como el gobierno nacional– bien como instrumento –eventualmente descartable– de esa propia radicalización. De hecho, esta última opción ya ha sido realizada en los últimos años: VOX ya ha cumplido la función de reconfigurar todo el campo de la derecha, arrastrando a Ciudadanos hasta su pérdida de sentido y desaparición, y alimentando o estimulando a los sectores más reaccionarios, pero a su modo más dinámicos del PP y su entorno: Ayuso, Álvarez de Toledo, FAES, Aznar. Sea cual sea el resultado final, lo importante es señalar que VOX es funcional a cualquiera de esas salidas: si no existiera, tendrían que inventarlo.

Y un segundo factor: que, por encima y por debajo del nivel aparente de la política de partidos, VOX es síntoma y respuesta de otras dinámicas en curso. Por un lado, respuesta a una fragmentación del bloque de poder. Lo vemos en lo político, pero también en lo económico, por los apoyos a VOX de sectores del gran capital español. Por otro, porque VOX se convierte en el vehículo de articulación política que encuentran sectores de diferentes aparatos de estado para adoptar una posición defensiva frente a lo que perciben como diferentes desafíos (territoriales, constitucionales, políticos de todo tipo, entrada de cuerpos extraños en el estado). En el caso de una fuerza de extrema derecha, es fácil asumir que el ejército y la policía se sentirán próximos. Pero también el aparato judicial. Todo ello alimentado, desde «afuera» del estado, por medios de comunicación afines.

Una última dinámica, más social, de la cristalización fascista, y presente también en nuestra coyuntura presente, es la que funciona a través de la capilaridad social que abre el pánico moral, también estudiado, como hemos apuntado, en Gobernar la crisis. El pánico moral sirve para territorializar y concretar los conflictos en contextos concretos (la vida cotidiana, los barrios, los vecindarios, las ciudades), modular percepciones de lo cotidiano, proveer de un lenguaje para describirlo y de tal manera terminar por redefinir consensos. Así, si ya hemos señalado, y profundizaremos a continuación, la habitual dinámica de bulos y criminalización de personas racializadas, en España es significativo también la construcción de la figura del okupa, que concreta así los miedos de una clase media propietaria, a la vez que genera oportunidades para nuevas formas de escuadrismo fascista, como el caso de Desokupa y grupos similares. Si Gobernar la crisis, en uno de sus pasajes definitorios, declaraba que en Reino Unido, a mediados de los setenta, había llegado «la hora del atracador», en nuestro contexto parecería haber llegado «la hora del okupa» como figura que concentra los miedos, proyecciones y ansiedades de las crisis de las clases medias españolas y de la «democracia de propietarios», por citar el importante y útil libro reciente de Pablo Carmona.

Las políticas del racismo

Otro bloque de cuestiones para el que la lectura de Gobernar la crisis puede ser tremendamente útil es obviamente el relativo al racismo y a sus diferentes formas policiales, políticas, institucionales e ideológicas. Además de la importancia que tiene por ser el primer libro que, en la trayectoria del CCCS de Birmingham, tomaba la raza como objeto y ángulo de análisis fundamental, lo que Gobernar la crisis nos permite ahora es retomar una comprensión política del racismo que, si bien resulta en realidad evidente y básica, ha quedado seguramente oculta tras muchos malentendidos y lecturas de mala fe en los últimos años.

Hay algo en lo que coinciden tanto las políticas de la identidad en su versión más neoliberal, como sus supuestos críticos pseudo-obreristas o pseudo-materialistas, y es en considerar el racismo como una cuestión a grandes rasgos eminentemente individual. Para los discursos de un cierto antirracismo corporativo y publicitario, el racismo se compone principalmente obstáculos injustos que impiden el éxito individual y que, por tanto, se combaten premiando-cooptando aquellos individuos capaces de superar, de sobreponerse heróicamente a esos obstáculos, «demostrando» así su valía (¿a quién?). Para posiciones pseudo-materialistas propias de una cierta izquierda reaccionaria sintomáticamente muy presente en estos últimos años, las luchas antirracistas se reducirían a cuestiones «inmateriales», «meramente simbólicas», o apenas a ciertas normas de cortesía superficial, de los lenguajes «políticamente correctos» impuestos por la supuesta «ideología woke» y la «cultura de la cancelación».

Gobernar la crisis nos ayuda a recuperar una visión política del racismo –y de las luchas antirracistas que le responden y combaten– como problema estructural y hegemónico. Y esto, aunque pueda sonar como algo muy abstracto, teórico o general, no lo es, sino todo lo contrario. Por supuesto, las múltiples manifestaciones y efectos del racismo, y las agresiones y muertes, dolorosas, materiales y concretas, que produce afectan sobre todo a personas racializadas concretas, no a una vaga y genérica estructura. Pero todas esas violencias componen también una cuestión estructural, que afecta a toda la formación social, y con ella, a todas los sujetos que viven en ella. No solo en el sentido de que existen racismos institucionales, económicos, sociales, políticos, históricos, y de todo tipo insertos en las propias estructuras y prácticas de toda formación social. Sino también porque los discursos y prácticas que se convocan alrededor de la cuestión de la raza son a su vez no solo estructurales, sino estructurantes de la realidad social y política. Son elementos que sirven para construir y destruir consensos sociales. Y a partir de ahí, de generar ideas de nación, de pertenencia, líneas de exclusión que definen quién está dentro, quién queda fuera de la comunidad política, y con ella de la ciudadanía, de los derechos sociales, de las instituciones y servicios.

Veamos un ejemplo del propio contexto original del libro. Como apuntaba antes, Gobernar la crisis es un libro que logra intuir y describir el thatcherismo antes de Thatcher, hablándonos de las dinámicas jurídicas, mediáticas, policiales que generarán los pánicos morales alrededor de los atracos callejeros supuestamente realizados por jóvenes racializados. Sólo un año después de la publicación de Policing the crisis, en 1978 Thatcher llegará al gobierno y construirá su larga y efectiva hegemonía sobre su famoso discurso de «Las dos naciones», en donde confrontaba la nación de pequeños propietarios, empresarios, consumidores, contribuyentes, cabezas de familia, auténticos británicos (léase, blancos) a la otra nación de los pobres, los marginales, los vagos, los disidentes, las familias desestructuradas, los perdedores, los asistidos por el estado, los subvencionados (el subtexto: los negros, los migrantes, los caribeños, los otros). A partir de esa ola de criminalización, de la reacción racista contra aquellos jóvenes, los discursos de ley y orden comienzan a alimentar una ofensiva también en el mundo del trabajo (y la represión sistemática de huelgas, protestas, sindicatos) y una paulatina transformación del estado hacia una forma excepcional. Así, Thatcher comenzaría a incluir también a los mineros, a los obreros, a los colectivos LGTBQ+. Esto es, toda persona y colectivo que estorbara en la ineludible modernización económica neoliberal y en la revolución conservadora, en el nuevo mundo estructurado alrededor del mercado y la familia. Un caso similar puede encontrarse en Francia, donde desde hace ya décadas el significado del republicanismo y la laïcité franceses parece jugarse fundamentalmente en las polémicas alrededor del llamado “velo” (que no es tal) o la disciplina escolar con niños y jóvenes racializados en una escuela pública en crisis por los recortes. Líneas de carácter religioso o cultural pueden servir para delimitar la pertenencia, la ciudadanía, la adecuación a los valores supuestamente propios de una sociedad.

Una vez que se traza esa línea, esta puede volver a redibujarse para dejar más y más realidades fuera. Como sabemos, nadie estaba entonces, ni está ahora, a salvo. No hay «salarios de la blanquitud», como explicaba Du Bois que garanticen la salvación, la protección, en un sistema neoliberal que opera a través de su propia descomposición. Esta larga descomposición neoliberal, sin embargo, genera a su vez un contexto de profunda fragmentación y atomización de fuerzas, de deseo de identidades monolíticas, idealizadas y esencializadas. Por ellas me refiero no a las que suelen considerarse bajo el paraguas de las llamadas «políticas de identidad», sino precisamente a las identidades blancas, europeas, masculinas, transexclusionarias, síntomas de un deseo de seguridad y solidez perdidas en un presente confuso y un futuro incierto, de una comprensible necesidad de control y soberanía, pero que equivocan su objetivo y antagonistas. Es por eso que leer Gobernar la crisis puede ayudarnos a ver la imbricación material, concreta, interseccional, de tantas luchas. Y la posibilidad de generar coaliciones para construirlas.

En ese contexto de descomposición, es preciso volver al papel de la policía y de los aparatos represivos del estado. A pesar de la ola de cuestionamiento de la policía que han traído en todo el mundo movimientos como Black Lives Matter o Defund The Police en los últimos años, hay un  inconsciente policial que sigue operando socialmente y que llega incluso a fuerzas progresistas. Una suerte de atomismo liberal que presenta a los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado, o al ejército,  como agentes cuyos miembros seguramente son individualmente conservadores o reaccionarios, pero que como cuerpos e instituciones funcionan de manera fundamentalmente neutral, obediente a la institucionalidad democrática. Sin negar que como en cualquier organización o grupo humano, los cuerpos policiales no son realidades absolutamente monolíticas, y pueden contener una cierta diversidad y contradicciones internas, fenómenos como el auge de agrupaciones y sindicatos policiales como Jusapol o Jupol, y sobre todo, la relevancia que han adquirido en los últimos años deberían hacernos pensar en la relevancia de la policía como actor social y político con presencia y agencia propias. Es algo que ha ocurrido en Estados Unidos, donde los cuerpos policiales, como NYPD en Nueva York, adquieren una entidad propia como actores políticos en la ciudad. Es un problema más que debe hacernos pensar en la derogación de la ya mencionada Ley Mordaza, malograda en la pasada legislatura, como una prioridad absoluta para el periodo político que empieza. Y hacerlo no sólo por la justicia misma del ejercicio de libertades civiles básicas en una democracia, sino porque todo poder, todo reforzamiento otorgado a la policía, opera en realidad contra la democracia. Gobernar la crisis nos recuerda que la securitización, la criminalización y el reforzamiento fronterizo son parte constitutiva de la génesis del neoliberalismo como proyecto económico, social y político. El neoliberalismo nunca consistió en un abandono del estado, sino en una redefinición y reducción a sus funciones represivas a costa de los derechos sociales, para dejar las manos libres al mercado, y controlar y reprimir sus descontentos. Cada agente de policía, cada coche patrulla, cada comisaría, cada valla fronteriza es una enfermera menos, una máquina de escáner médico menos, un hospital, un centro de salud o una escuela primaria menos.

Hegemonía y coyuntura

Todo esto nos conduce a la última reflexión que quería compartir, y que trata sobre la forma en que Hall y sus colaboradores en Gobernar la crisis nos ayudan a entender, de una forma práctica y concreta, los funcionamientos de la hegemonía. Esto es, no como abstracción o construcción teórica flotante, o como gran discurso, o como mera prestidigitación de la comunicación política, sino como verdadera argamasa de los sentidos sociales, la fuerza de lo discursivo en su sentido más exacto y riguroso (discurso como formación de sentido, condición de legibilidad social). La lenta, constante, cotidiana decantación de un complejo y multifacético relato capaz de operar simultáneamente a muchos niveles.

Las construcciones hegemónicas, como sabemos desde Gramsci, no funcionan por mera autoridad ni por pura coerción, sino porque proveen sentidos que convencen a grandes sectores de la población, que conquistan su consentimiento. Pero para hacerlo, no pueden funcionar únicamente como enormes y flotantes relatos de país, sino precisamente conectando y articulando percepciones, valores, imágenes cotidianas con niveles incrementalmente más amplios y complejos. En otras palabras, la hegemonía se construye conectando lo micro y lo macro. En el contexto británico de los setenta, lo que se genera a  partir de una serie de atracos es la extracción de unos diagnósticos sociales. Esos diagnósticos sociales movilizan diferentes ideas de lo legal e ilegal, lo justo e injusto, la moralidad social, criminal y familiar. Valores y formaciones discursivas e ideológicas que filtran y procesan diagnósticos sociales y los integran en los relatos y autopercepciones que una formación social tiene de sí misma, sus ideas de pertenencia, comunidad (la britishness o britanidad, a menudo usado como dog whistle de la blanquitud). Y a partir de ahí empiezan a movilizarse y formularse más y más cuestiones: «¿Por qué barrios donde ocurren estos atracos y donde viven los jóvenes criminales y sus familias merecen recibir ayudas sociales?» «¿Por qué, de hecho, es necesario mantener esos servicios sociales, si sus receptores son vagos y criminales, y esos servicios son ineficientes?» «¿Por qué los servicios sociales deben mantenerse para atender a gente que no es como nosotros?» En esas preguntas comienza el thatcherismo.

En esta cadena vertical, esta construcción y reproducción y actualización constante de la hegemonía, de arriba abajo y de abajo a arriba, los pánicos morales son una herramienta fundamental. Gobernar la crisis nos recuerda así también el papel primordial que los pánicos morales, junto a la ya mencionada securitización, tienen en este momento fundacional del neoliberalismo. Y que creo que podemos vincular a otra táctica surgida en el mismo momento, y también desde el lado reaccionario y ahora plenamente actual: las guerras culturales.

Empezaba estas páginas recordando mi primera lectura de Policing the Crisis cuando se iniciaba, en 2019, la legislatura del primer gobierno de coalición progresista en España. Cierro ahora estas páginas cuando se está iniciando la segunda legislatura de ese gobierno, después de largas negociaciones para la investidura parlamentaria de Sánchez como presidente, la presentación de la Ley de Amnistía, y en medio de la materialización callejera y concreta de la ola reaccionaria que hemos diseccionado en forma de estridentes protestas frente a la sede del PSOE en Ferraz (aunque secundadas, es preciso recordar, por más discretas pero numéricamente notables movilizaciones en muchas grandes ciudades del país). Por eso quizás esté bien cerrar con una última consideración acerca del concepto de coyuntura tal y como lo entendían Hall y sus colaboradores.

Por formularlo de forma muy breve y simplificadora podríamos decir que el análisis coyuntural de Hall y la escuela de Birmingham tiene una dimensión sincrónica y otra diacrónica. La dimensión sincrónica consistiría en analizar la formación social como un todo dividido no obstante en diferentes dimensiones o instancias relativamente autónomas: lo económico, lo político, lo social, y entre todas ellas, la especificidad de lo cultural y lo ideológico que es de hecho la que da sentido a los estudios culturales como proyecto. La dimensión diacrónica permite ver cómo estas diferentes instancias, en su autonomía relativa, se desenvuelven históricamente a través de problemáticas y temporalidades propias, pero sin embargo entrelazadas unas con otras. Históricamente, estas diferentes temporalidades se acompasan parcialmente (nunca hay una «armonía» absoluta) en forma de settlements, de consensos amplios que dan lugar a períodos de relativa estabilidad. Sin embargo, cuando numerosas tensiones y contradicciones se acumulan en una o varias de esas temporalidades, se abre lo que Althusser denominaba como una «unidad ruptural», que deshace el settlement previo y arroja a la formación social a una situación de crisis, de duración indefinida –pueden ser meses, años, décadas– y que sólo será «resuelta» (una resolución total no existe, sólo puede ser parcial y provisional) con un nuevo settlement, un nuevo acuerdo.

Es fácil ver cómo este marco puede aplicarse a la historia española reciente. La democracia española se funda en los consensos, el settlement de 1978. Esto es, en sentido amplio, no sólo la Constitución, sino también los Pactos de la Moncloa y otros acuerdos sociales, políticos y territoriales, que se consolidan a lo largo de los 80 y 90 mediante la hegemonía del PSOE primero, y la alternancia del PP después. Pero a partir de 2008 aquellos acuerdos entraron en crisis. Primero una crisis económica por las consecuencias del crack de 2008 y su impacto en la economía española, inicialmente en los sectores inmobiliario y turístico, y que luego repercutirá en muchos otros con la consiguiente escalada meteórica del desempleo. Luego social por los dramáticos efectos de las políticas de austeridad. Más tarde política e institucional por la pérdida de legitimidad de los grandes partidos, los casos de corrupción que llegan hasta la monarquía, y la crisis de representación. Y a largo plazo se trata de una crisis ideológica y cultural profunda que afecta a los sentidos compartidos, a los proyectos como sociedad y país, a los relatos que estructuran la identificación con la sociedad, las aspiraciones personales, familiares, colectivas dentro de una misma sociedad. Lo que se abre tras 2008 –o, si se quiere, 2011– es un largo interregno del que todavía no hemos salido. Un largo interregno durante el cual, y para cuya salida, han emergido diferentes propuestas. Primero la que el 15M, y que en su traducción político-institucional representaron Podemos y los municipalismos, en clave progresista y transformadora. Más tarde, en clave reaccionaria, a través de VOX y de la reconfiguración que opera en todo el campo de la derecha. Entre unas propuestas y otras, el PSOE de Sanchez permaneció boyando indefinido, hasta erigirse como alternativa gubernamental, primero a través de la moción de censura a Rajoy en junio de 2018, y después con los resultados electorales de 2019 y ahora, en julio de 2023. Como señalé en un análisis de las elecciones de julio de 2023 en Jacobin América Latina, la figura de Sánchez, en este contexto todavía abierto e incierto, puede tal vez entenderse como la de un «vanishing mediator», un posible mediador evanescente (aunque su evanescencia es algo por ver, obviamente) capaz de conducir este interregno hacia, si no un nuevo settlement, una nueva coyuntura marcada por la aceptación de una realidad plurinacional, y por la presencia en el gobierno de una izquierda importante a la izquierda del PSOE. Algo que sin duda comporta contradicciones, y tiene que comportar necesarias tensiones internas al gobierno. En relación con todo lo que venimos hablando, uno de los grandes nudos de la próxima legislatura va a jugarse alrededor de la figura del ministro de interior Grande Marlaska.   

Depende de las gentes de izquierdas, tanto dentro como fuera de partidos e instituciones, saber cómo usar este momento en direcciones políticamente fructíferas, generando proyectos políticos capaces de ampliar las bases de las fuerzas transformadoras, sí, pero fundamentados y nutridos en otras prácticas de vida cotidiana, de barrios, ciudades y pueblos; en unos movimientos sociales activos y fuertes, en tejidos sociales y culturales plurales y propositivos. Y entre todes, ser capaces de articular nuevos sentidos comunes, nuevas conexiones entre grandes narrativas colectivas e históricas y realidades concretas y cotidianas.

1 El paralelo con términos contemporáneos en la España de los 70 y 80, como «mangui» (o incluso los más racializados, como «quinqui»), nos invita a entender la dimensión europe, los paralelos –con sus evidentes diferencias, por supuesto– de aquella coyuntura de emergencia del neoliberalismo que Policing the crisis analizaba en su vertiente británica. Se estaba produciendo una transformación laboral y urbana profunda, con procesos de desclasamiento y marginación de sectores importantes de población, para cuyo control (Foucault) se generaban nuevos tipos delictivos, y donde la frontera de la integración se marcaba racialmente. Otro caso con rasgos similares es Italia, con los efectos sociales y políticos de la aparición de lo que los operaístas llamaron obrero-masa y cuyo grueso se componía principalmente de jóvenes migrantes del sur de Italia llegados a las grandes ciudades industriales del norte. Ver Nanni Ballestrini y Primo Moroni, La horda de oro. La gran ola revolucionaria y creativa política y existencial (1968-1977). Traficantes de Sueños. Obviamente en cada lugar se dieron procesos de politización diferentes, contextos sociales y políticos diversos, pero pensar en los paralelos estructurales en cada país es iluminador para entender la coyuntura económica, laboral, social, política, cultural e ideológica general.