Inicio > "Rituales de resistencia", de Stuart Hall, en Traficantes de Sueños
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No queríamos dejar pasar la oportunidad de rendir homenaje, tras su reciente fallecimiento, a Stuart Hall, el sociólogo jamaicano que revolucionó los Estudios Culturales desde el Centro de Estudios Culturales Contemporáneos de Birmingham. Hall ha sido y será siempre un referente para los análisis críticos, históricos y culturales, precisamente por intentar estudiar a la vez la agencia de los protagonistas y las determinaciones que experimentan, las corrientes históricas de ciclo largo y la fuerza de la coyuntura. Reproducimos unos extractos del libro editado por Stuart Hall y Tony Jefferson, Rituales de resistencia, que nuestra editorial publicará el mes próximo.

 

Los grupos que coexisten dentro de una misma sociedad y comparten algunos de los mismos materiales y condiciones históricas sin duda también entienden y, hasta cierto punto, comparten la «cultura» de los otros. Pero, en tanto los diferentes grupos y clases están categorizados de forma desigual en relación unos de otros, en términos de sus relaciones productivas, de riqueza y de poder, así también a las culturas se les asignan categorías diferentes y se ubican en oposición unas de otras, en relaciones de dominación y subordinación, a lo largo de la escala del «poder cultural». Las definiciones del mundo, los «mapas de significado» que expresan la posición vital de aquellos grupos que mantienen el monopolio del poder en la sociedad, tienen un mayor peso e influencia pero niegan esta mayor legitimidad. El mundo tiende a ser clasificado y ordenado en términos y a través de estructuras que expresan directamente el mando, la posición, la hegemonía, de los intereses más poderosos de esa sociedad. […]

El peculiar atuendo, estilo, inquietudes focales, milieux, etc., visibiliza a los teddy boys, los mods, los rockers o los skinheads como agrupaciones distintivas, tanto respecto de los amplios patrones de la cultura de clase trabajadora en su conjunto, como de los patrones más difusos exhibidos por chicos «convencionales» de clase trabajadora (y, a un nivel más limitado, por las chicas). A pesar de estas diferencias, es importante enfatizar que, como subculturas, continúan existiendo en, y coexistiendo con, la cultura de la clase de la cual provienen. Los miembros de una subcultura pueden caminar, hablar, actuar, verse «diferentes» de sus padres y de algunos de sus coetáneos pero pertenecen a las mismas familias, van a las mismas escuelas, trabajan en empleos similares, viven cerca de las mismas «calles peligrosas» que sus pares y sus padres. En ciertos aspectos cruciales, comparten la misma posición (frente a la cultura dominante), las mismas experiencias de vida básicas y determinantes, que la cultura «parental» de la cual derivan. A través de la vestimenta, las actividades, los pasatiempos y el estilo de vida, pueden proyectar una respuesta o «solución» cultural diferente a los problemas a los que se enfrentan debido a su posición de clase y a su experiencia material y social; pero la pertenencia a una subcultura no puede protegerlos de la matriz determinante de experiencias y condiciones de vida que moldea la vida de su clase en su conjunto. Experimentan y responden a los mismos problemas básicos que otros miembros de su clase que no están tan diferenciados ni se distinguen tanto en un sentido «subcultural». Especialmente en relación con la cultura dominante, su subcultura permanece, como otros elementos en su cultura de clase, subordinada. […]

Al igual que los conceptos clave de prosperidad, consenso y aburguesamiento requerían una aproximación más crítica y meditada, las evidencias que en principio señalaban el sentido y las formas de la transformación de la juventud requieren un análisis más detallado y una interpretación más cuidadosa. Cuando observamos de cerca algunos de aquellos escritores que remitían a nociones como brecha generacional, «cultural juvenil distintiva», juventud del Estado de bienestar, cultura juvenil «sin clase», etc., nos encontramos que las evidencias aportadas niegan de hecho la interpretación que de ella nos ofrecen. En la interpretación «sin clase», siempre hay un énfasis contradictorio, precisamente, sobre la estructuración de clase de la juventud. […]

Phil Cohen (1972) también ofrece un análisis de clase, pero a un nivel teórico mucho más sofisticado: sitúa la cultura parental en una perspectiva histórica, mapea las relaciones entre subculturas y explora la dinámica intraclase entre jóvenes y padres […] Cohen describe el impacto de la reurbanización y la racionalización de la economía familiar, comunitaria y local. La reurbanización y el realojamiento de postguerra llevaron al despoblamiento del área y a la ruptura del vecindario tradicional […] Junto a esto estaba la drástica reconstrucción de la economía local: la desaparición de la pequeña industria, su reemplazo por comercios más grandes a menudo situados fuera del área, la disminución de los talleres familiares y las pequeñas tiendas […]La idea de la «desaparición de la clase en su conjunto» es reemplazada por un retrato mucho más complejo y diferenciado de cómo los diferentes sectores y estratos de una clase son conducidos a diferentes cursos y opciones según sus circunstancias socioeconómicas determinantes. Este análisis proviene del impacto de las fuerzas económicas fundamentales en los diferentes estratos de la clase trabajadora, pero se amplía de inmediato a sus consecuencias sociales, familiares y culturales […] Para Cohen, el adolescente de clase trabajadora experimentó estos giros y fragmentaciones directamente en forma material, social, económica y cultural. Pero también las experimentaron y las trataron de «resolver» en el plano ideológico. Y es principalmente a esta «solución ideológica» tentativa a la que atribuye el nacimiento de, y la diferenciación entre, las «distintas subculturas» juveniles de la clase trabajadora de ese periodo. […]

No hay «solución subcultural» para el desempleo, ni para la compulsiva desventaja educacional, los trabajos sin salida ni futuro, la rutinización y especialización del trabajo, la baja paga y la pérdida de saberes de la juventud de la clase trabajadora. Las estrategias subculturales no alcanzan ni responden a las dimensiones estructurantes que emergían en este periodo para su clase como un todo. Por ello, cuando las subculturas de postguerra se encargan de las problemáticas de su experiencia de clase, suelen hacerlo de manera tal que reproducen los vacíos y las discrepancias entre las negociaciones reales y las «resoluciones» desplazadas simbólicamente. Las subculturas «resuelven», aunque de manera imaginaria, problemas que en el nivel material concreto permanecen inalterados. Así, la reapropiación de los teddy boys de un estilo de vestimenta de clase alta «cubre» el vacío entre profesiones sobre todo manuales, no cualificadas o casi lumpen, y la experiencia de «todo-arreglado-y-sin-donde-ir» de un sábado por la tarde. Con su reapropiación y fetichización del consumo y del estilo en sí mismo, los mods cubren el vacío entre el interminable fin de semana y la reanudación el lunes de su aburrido empleo. Así también, en la resurrección de un arquetípico y «simbólico» (aunque, de hecho, anacrónico) tipo de vestimenta de «clase trabajadora», en el desplazamiento del foco al partido de fútbol y su reapropiación del tercer tiempo, los skinheads reafirman, aunque «imaginariamente», el valor de la clase, la esencia de un estilo, un tipo de fanatismo que muy pocos adultos de clase trabajadora suscriben en la actualidad. Ellos «re-presentan» un sentimiento de territorialidad y localidad que los planificadores y especuladores estaban destruyendo muy rápidamente; declaran vivo y coleando un juego que estaba siendo comercializado, profesionalizado y espectacularizado.”