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Por Pantxo Ramas. Publicado en el blog de la Fundación de los Comunes "Asaltar los cielos" dentro del periódico Diagonal. [Recordamos a nuestros lectores que el próximo mes la editorial Traficantes de Sueños publicará de este autor su famoso libro Rituales de resistencia]

Recordar a Stuart Hall significa recordar a un militante, no solo porque ha sido un intelectual capaz de moverse continuamente entre la experiencia y los conceptos, sino, sobre todo, porque su aportación ha sido siempre "inventar": inventar conceptos y máquinas para cambiar el mundo.
Nacido en 1932 en Kingston (Jamaica), en una familia negra de clase media, llegó a Inglaterra a principios de los años 50. Allí estudió con Raymond Williams y E.P. Thompson, y se afirmó como uno de los principales referentes de los Estudios culturales británicos y como uno de los más importantes intelectuales negros del siglo pasado. Marxista, sus estudios siguieron la estela de Gramsci y Raymond Williams, y nunca renunció a poner a estos pensadores y sus conceptos en un diálogo crudo con la cultura popular, así como con la eficacia política de dichos conceptos para cambiar la sociedad.

Pero para entender en qué medida nos sentimos hoy con un punto de referencia menos, cabría resaltar aquí los elementos de su práctica militante que rompieron con la izquierda ortodoxa. Hablamos tanto de su capacidad, en cuanto intelectual, de proponer categorías y conceptos, como de su fuerza, en cuanto militante, de producir continuamente nuevos ensamblajes, agenciamientos subjetivos, discursivos e institucionales que nos permiten construir nuevos mundos.

En cuanto a su producción intelectual, es necesario remontarse a los años sesenta para entender de qué forma Stuart Hall ha aportado una frescura continua y revolucionado el pensamiento marxista, comenzando por su propia experiencia de vida y la función política radical que en aquellos años estaban asumiendo los movimientos antirracistas en Inglaterra. Frente al cierre economicista y sociológico del pensamiento protoneoliberal, socialdemócrata marshalliano y ortodoxo marxista de postguerra, Hall se encuentra con la necesidad de no reducir el racismo a la expresión secundaria de una contradicción primaria (ya sea la falta de oportunidades de crédito, la desigualdad o la explotación), sino de comprender y articular una aventura política radical a partir de la raza como dispositivo de organización de los modos de producción.

El proyecto intelectual, que culminará en el famoso artículo "Race articulation and societies structured in dominance", se propone refutar que el racismo obedezca a la naturaleza humana ("un alibi") y entender cómo los dispositivos del racismo se configuran concretamente, respondiendo siempre a una articulación concreta de relaciones de fuerza que trasciende lo simplemente económico o lo estatal-político e invade la vida cotidiana. Se trata, por un lado, de una capacidad del poder de articular su fuerza hegemónica y sus formas de dominio sobre el conjunto de la vida pero también, por otro, de la fuerza de las culturas populares para responder, enfrentarse, sublevarse.

Esto es algo que permite a Stuart Hall tanto desplazar y reconfigurar la fuerza política de los subalternos en el contexto de las crisis de la década de 1970, como reconocer el surgimiento del monstruo thatcheriano que invade nuevos contextos donde articular su fuerza de explotación y dominio. Por un lado, los medios de comunicación se transforman en el objeto de un estudio militante cuya relevancia es conceptual y estratégicamente política. Por el otro, entender la producción ideológica como "conjunto de relaciones materiales" permite lanzarse a una continua codificación y decodificación de los procesos semióticos que configuran la vida social en su conjunto.

Se trata de una ruptura radical con las categorías paleo-marxistas de la cultura, como superestructura simbólica, porque permite pensar y usar la cultura más en términos de sistema con autonomía relativa con respecto a la economía política: la cultura como territorio desde el cual lanzar procesos políticos capaces de modificar las relaciones de producción o de poder, pero también como lugar donde el "dominio" del capital se vuelve "hegemónico", fuerte no solo en función de su posición de poder, sino de su legitimidad construida a través de la cultura dominante.

Esta tensión entre cultura y economía permite a Stuart Hall recuperar una cuestión crucial del programa gramsciano de la autonomía, reconociendo la proliferación de un campo amplio de la revuelta como llave de un conflicto entre clases subalternas y clases dominantes donde las primeras no solo tienen que contrastar el dominio "ocupando" lugares de poder, sino también disputar la hegemonía política del capital, inventando nuevas instituciones que obedezcan a otras lógicas, autónomas y democráticas, de la vida en común.

Esto rompe completamente con el marco de la política ortodoxa, configurando la educación como un elemento crucial de la pedagogía militante, una práctica intelectual como militancia que no se queda en el espacio conceptual de producción de categorías, sino que siempre llama, advierte, se recombina con la fuerza de la invención institucional.

Pensar la explosión de las formas políticas tradicionales significa mojarse hasta el cuello y lanzarse desesperadamente a la invención institucional. Esta es la razón por la que los conceptos rompedores de Stuart Hall se encarnan en una continua invención de máquinas políticas, máquinas para desafiar las estructuras del capital, del Estado y de la cultura dominante así como para prefigurar mundos de crítica y emancipación.

Solo para mencionar tres ejemplos, Stuart Hall es uno de los protagonistas del primer curso de la New Left Review que rompe con la tradición comunista incrustada en el cierre estalinista y concreta la necesidad de utilizar las palabras como máquinas para pensar los problemas: repensar la cultura en la expansión del consumismo, atreverse a explorar la complejidad de la relaciones coloniales después de la Segunda Guerra Mundial como prácticas para instituir un lugar común de pensamiento marxista en pos de la transformación social.

Esta misma lógica de utilizar la producción de conocimiento para cambiar el mundo lleva a Stuart Hall, junto a Richard Hoggart y a intelectuales militantes como Angela McRobbie y Paul Gilroy, a constituir el Centro de Estudios de las Culturas Contemporáneas de Birmingham. En este, el modelo del "encoding/decoding" se vuelve máquina colectiva de intervención, por un lado con el desarrollo de una serie de investigaciones sobre la configuración política y cultural del thatcherismo (término que se surge de ahí) en "Policing the Crisis", por otro desvelando la función política de las contraculturas como campo de resistencia y ataque frente a las subjetivaciones capitalistas, como en "Resistance through Rituals" (de próxima publicación en Traficantes de Sueños). Significa romper el dualismo entre productor y consumidor de la cultura y, por ende, poner en jaque la idea de una sociedad pasiva frente al despliegue de la potencia de los medios de comunicación como armas del capital.

En 1979 Stuart Hall deja el CCCS para embarcarse en otra "ocupación": esta vez de la Open University donde se propone radicalizar la educación así como la producción de conocimiento académico, contrarrestando el ataque sin cuartel de Margaret Thatcher a los departamentos y escuelas radicales en el Reino Unido y constituyendo uno de los departamentos de Sociología más inspiradores de la reciente historia académica europea.

Jubilado desde 1997, Stuart Hall ha continuado siendo un "public intellectual" hasta hace muy poco, interviniendo con lucidez y coraje en los debates más duros de la izquierda británica. After neoliberalism? The Kilburn Manifesto ha sido su última publicación, junto a Doreen Massey y Michel Rustin.

Presentando el Manifiesto en el Guardian, hace poco menos de un año, Hall escribía:

"Ya no es tiempo de replegarse. Lo que se requiere es la renovada sensación de estar del lado del futuro, no estancados en el refugio del pasado. Debemos admitir que las viejas formas del Estado de Bienestar demostraron ser insuficientes. Pero también debemos tanto defender obstinadamente los principios en los cuales aquel se fundaba: redistribución, igualitarismo, provisión colectiva, rendición democrática de cuentas y participación, derecho a la educación y a la sanidad, como encontrar nuevas maneras de que estos principios se institucionalicen y expresen.

Quienes nos oponemos a la dirección que actualmente se imprime al estado de cosas, sea dentro o fuera de las políticas partidarias u otras organizaciones políticas, debemos inventar maneras de desbaratar el actual sentido común y de desafiar las asunciones que organizan nuestro discurso político del siglo XXI. Albergamos la esperanza de que nuestro manifiesto abra un diálogo con una nueva generación modelada por diferentes experiencias políticas. Este es el momento de desafiar, y no de adaptarse, a la nueva realidad neoliberal; es el momento de dar un salto."

Stuart Hall mirando al futuro. Así nos gusta recordarlo.

@pantxoramas