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Reseña

El control social y el espionaje, brazos ejecutores de la primera represión franquista

Autor/a de la reseña: 
Fernando Olmeda
Fecha de la reseña: 
Sábado, 2. Junio 2018
Medio donde se publicó: 
Nueva Tribuna
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Alejandro Pérez-Olivares, profesor de historia contemporánea en Lyon, profundiza en los mecanismos de control social y militarización de la vida ciudadana en Madrid durante los primeros meses de la dictadura.

En el libro Victoria y control en el Madrid ocupado. Los del Europa (1939-1946) (Ed. Traficantes de Sueños), Alejandro Pérez-Olivares, doctor en historia y profesor en Sciences Po Lyon (Francia), plantea una interpretación de la violencia franquista desde la perspectiva del control social, aparentemente alejado de los paredones de fusilamiento y de las cárceles, pero a la vez muy vinculado.

En el momento de la caída de Madrid a finales de marzo de 1939, la máquina de espionaje del Servicio de Información y Policía Militar (SIPM), que venía funcionando durante la guerra civil -incluso en territorio republicano-, estaba perfectamente engrasada. A partir de la victoria bélica, el control social se ejercerá principalmente a través de la gestión de la información, cuyo objetivo será saldar cuentas con los vencidos y limitar los comportamientos permitidos en el espacio público. Así, el franquismo no se impondrá solo por la fuerza de las armas, sino que contará con una maquinaria punitiva apoyada tanto en denunciantes -anónimos o no-, como en la red de control constituida a través de los jefes de casa, una figura conocida por La colmena, de Camilo José Cela, con el miedo y la amenaza de castigo como eficaces instrumentos de presión. “El libro trata de demostrar que esa red es una estructura militarizada, relacionada con la ocupación de la ciudad”, explica Pérez-Olivares, quien también profundiza en las conexiones del espionaje franquista con la formación de la posterior policía del régimen. Según su criterio, muchos agentes del SIPM desembarcarán en ese cuerpo tras el final de la guerra.

Para reconstruir esa dinámica de control, que adentra al lector en las raíces sociales de la violencia de la dictadura, usa como estudio de caso el sumario de «los del Europa», un grupo de personas vinculadas al centro de detención y asesinatos instalado en el cinema ‘Europa’, espacio de resonancia política (allí se había cantado el Cara al sol por primera vez en público y había albergado actos políticos de diferente color político, desde Largo Caballero a Primo de Rivera) que había sido incautado al comenzar la guerra por los anarquistas del Ateneo Libertario del madrileño barrio de Tetuán. La investigación judicial se inicia a partir de la denuncia presentada el 20 de abril de 1939 por Alejandro Sirvent Dargent en el cuartel del SIPM de la calle Almagro. Señala a un grupo de personas del asesinato de su padre, el general de artillería Juan Sirvent Berganza, y de su cuñado, el fiscal de la Audiencia de Madrid José Palma Campos, el 14 de noviembre de 1936 en la checa del Europa. Los primeros señalados son Alberto Chenel, Francisco Sánchez y Martín Gusi, pero «los del Europa» llegarán a ser una veintena de personas ajenas a la dirección de la checa, que trabajaban limpiando celdas de presos, en labores del abastecimiento, de chóferes, etc., y no estaban directamente relacionadas con los asesinatos. Según el autor, el sumario permite constatar que la represión no tuvo que ver solo con las responsabilidades de la guerra, sino que fue más allá. “Lo que intenta destruir el nuevo régimen son las formas de sociabilidad política que se habían desarrollado en la República”.

Dado que la documentación de la checa había sido destruida pocos días antes de caer Madrid, el espionaje franquista recurre a severos interrogatorios, a informes de conducta obtenidos a través de los jefes de casa y, por supuesto, a la delación de los vecinos para reconstruir el haz de relaciones personales en el barrio y determinar la responsabilidad material del delito. La estrategia de los jueces instructores es mezclar hechos atribuidos (a partir de declaraciones de vecinos, rumores y acusaciones sin prueba) con  hechos probados. Esas veinte personas son inocentes porque en el sumario no se aporta ninguna prueba que demuestre su autoría. Sin embargo, fueron condenados a penas de muerte o de treinta años de prisión, aunque la mayoría cumplirá siete años entre rejas.

El libro quiere ser también una reflexión sobre la vigilancia urbana y la restricción del espacio público, que el autor conecta con los recientes ataques contra la libertad de expresión en España, enmarcados en la llamada Ley Mordaza: “No diría que las lógicas de control social o punitivas son las mismas ahora que entonces, por supuesto, intento tomar distancia y no hacer presentismo, pero esta historia del cine Europa puede iluminar, desde el pasado, ciertos peligros actuales, ciertas derivas autoritarias o policiales en un momento de extrema politización como el actual”, explica; “mi objeto de estudio está vinculado a la extensión del miedo, la inseguridad, la vigilancia y el estrechamiento del espacio público, como ocurre en la sociedad actual; hay una crisis de legitimidad en nuestro sistema, y frente a las protestas, muchas veces la reacción ha sido desarrollar lógicas policiales”.

Escrito mientras las cámaras de vigilancia proliferan en las calles y se extienden actitudes consideradas ‘indebidas’, también pretende hacer reflexionar sobre la restricción de la libertad y las relaciones de poder en la sociedad actual. Pérez-Olivares entiende la historia y el oficio de historiador como un diálogo entre el presente y el pasado, y plantea que, como decía Walter Benjamin, en momentos de peligro lo realmente importante de la reflexión histórica es encontrar en el pasado preguntas para interpretar críticamente nuestro presente. Las respuestas están en el debate abierto en la actualidad.