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La política en el ocaso de la clase media
Reseña

Una teoría sobre la crisis de Podemos que no gustará ni a Iglesias ni a Errejón

Autor/a de la reseña: 
Carlos Prieto
Jue, 12/01/2017
Medio donde se publicó: 
El Confidencial

Hace pocos pocos años, en un país muy cercano, existió un partido (Podemos) que iba como un tiro y cuyos líderes, Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, eran felices, comían perdices y dirigían los rumbos de sus feligreses con una asombrosa mezcla de sabiduría e inteligencia estratégica; hasta que todo se torció hace unos meses por una lucha de poder fratricida surgida tras un decepcionante resultado electoral. Hasta aquí una teoría extendida de lo que pasa hoy día en Podemos. Sí usted quiere una explicación menos esquemática, quizá debería leer el ensayo 'La política en el ocaso de la clase media' (Traficantes de sueños), en el que el sociólogo e historiador Emmanuel Rodríguez (Madrid, 1974), experto en movimientos sociales, repasa el ciclo 15M/Podemos.

Una historia del presente que centra sus críticas justo en el momento -asamblea fundacional de Vistalegre, subidón en las encuestas, máxima popularidad de Iglesias y Errejón- en el que el consenso aseguraba que todo iba mejor que bien en el partido que decía llevar el espíritu del 15M a las instituciones. El libro, tan crítico con las derivas podemitas como esclarecedor en sus análisis de las corrientes políticas de fondo, es una herramienta fundamental para entender de dónde viene y a dónde va el movimiento que sacudió los cimientos de la democracia española.

PREGUNTA. Se tiende a explicar la crisis de Podemos analizando resultados electorales recientes, pero usted se remonta a Vistalegre. Dice que en la asamblea fundacional se plantó la semilla de la lucha encarnizada entre facciones. ¿Se hubiera podido evitar?

RESPUESTA. Naturalmente, la situación sería otra si Podemos hubiera limitado los poderes de la dirección, si hubiera optado por métodos consensuados de democracia interna que garantizaran la representación de todas las “familias-aparatos” y si hubiera puesto cortapisas a la burocratización del partido. Existen multitud de formulas orgánicas que facilitan la cooperación en lugar de la competencia. Hoy en Podemos se consume mucho más tiempo en luchas internas de fracción que en organizar una oposición mínimamente consistente.

P. Dice también que el Podemos que salió de Vistalegre tenía a ratos más de empresa de 'marketing' que de organización política. ¿En qué sentido?

R. Partido empresa es otra forma menos ambigua de decir máquina de guerra electoral. En Vistalegre, Podemos renunció a hacer organización (política, democrática, real) con el enorme caudal de energía social que se había compuesto en los círculos. El verticalismo del partido, la hiperburocratización (con consejos ciudadanos y secretarios generales en cada pueblo) y la propia lógica del “reparto de cargos” impidió, eficazmente, que esa energía cuajara dentro y alrededor de Podemos. Fue el mayor error de la dirección de Podemos y seguramente el mayor error que pueda cometer un político: neutralizar la levadura que le elevó hasta el punto de hacerle capaz de disputar el poder del Estado.

P. La capacidad analítica de Errejón ha alcanzado dimensiones legendarias; sin embargo, en el libro califica al errejonismo de "pensamiento poco profundo, pero con ínfulas estratégicas". ¿Qué tiene de superficial el errejonismo?

R. Antes que nada, conviene reconocer que es mérito de la dirección de Podemos el hecho de que por primera vez en mucho tiempo (quizás por primera vez en España), el análisis estratégico haya ocupado un lugar relevante en política. Esto es algo que fue propio de otras latitudes y de viejas tradiciones (de la II y la III Internacional), pero que aquí apenas conocimos. No obstante, el límite de este amago de discusión, a la vez teórica y práctica (esto es lo fascinante del debate estratégico), ha estado en su rápida reducción a la salsa de la ventaja electoral.

La propia sofisticación de Errejón donde se conjugan Lacan y Gramsci vía Laclau, fue condensada en una teoría del discurso únicamente funcional, en la presentación de un Podemos más amable para una mayoría moderada y de clase media, antes imaginada que probada. Elementos fundamentales de la discusión como Europa, la crisis del capitalismo financiero o la descomposición de esa misma sociedad de clases medias, a la que tanto se apela, fueron dejados a un lado. El “errejonismo” fue diseñado para movilizar “malestares”, para “ilusionar”, para generar o apropiarse de significantes supuestamente inclusivos (como “patria”) o para lograr nuevas “mayorías sociales”. Pero no para entender los movimientos tectónicos de una sociedad como la española, que ya no volverá a ser una sociedad mayoritariamente de clases medias y para la que las ideas de “patria” y “soberanía nacional” pueden servir de banderín de enganche (tanto a izquierda como a derecha), pero difícilmente pueden articularse como una política factible en un territorio que no deja de ser una provincia de mediano tamaño de la Unión Europea.

P. Dice que los gobiernos municipalistas están abusando del gobernismo. ¿Qué es el gobernismo y qué tiene de malo?

R. “Gobernismo” empieza a ser una palabra de uso común en la crítica a los resultados de la nueva política. Básicamente apunta a dos cosas. En primera instancia, lo que podríamos llamar el “complejo de mala gestión”, esto es, que los gobiernos del cambio deben ante todo “gestionar bien” y “hacerlo para todos”. La segunda cuestión se entiende a partir de lo que está detrás de todo complejo, una sorprendente falta de confianza, en este caso en las propias energías sociales y políticas que llevaron a las candidaturas al gobierno y que podrían no conformarse con una simple gestión “progre” de las administraciones municipales.

El resultado del gobernismo son políticas más bien anodinas. Ni siquiera parecen capaces de revertir la ola de privatizaciones que produjo la larga onda neoliberal de las últimas tres décadas, mucho menos apostar por la desobediencia institucional que requeriría reventar el corsé de la austeridad que impone desde el art. 135 de la Constitución hasta la ley Montoro. No obstante existen excepciones y gobiernos municipales que han emprendido una política más o menos ambiciosa de remunicipalizaciones y de auditoría de la deuda.

P. Algunos gobiernos municipalistas le han cogido el gusto al gesto cultural, costumbrista y simbólico: túnicas de los reyes magos, retirada de bustos del Rey, etc. ¿Es la batalla cultural un consuelo; es decir, un signo de la impotencia de la izquierda para ir más allá en las políticas de transformación?

R. Es un síntoma de ausencia de política en términos sustantivos, así como de soledad y de falta de imaginación de la nueva clase política. Durante los años que duró la movilización empujada por el 15M, las Mareas, el movimiento por la vivienda, etc., los amagos de guerra cultural que ensayó la inteligencia neocon y el propio gobierno fracasaron uno tras otro. El 15M no podía ser encasillado en una serie de etiquetas estigamatizantes (ETA, extrema izquierda, antisistema) y empujado a la condena moral, sencillamente porque su terreno de acción no era el de la representación. El ciclo electoral creó una nueva clase política (la nueva política) y luego la separó de aquella dinámica de movilización que le llevó a conquistar posiciones institucionales. Aislada y presa de la obligación autoimpuesta de la “buena gestión”, apenas le quedó esa política de gestos que le servía de forma de diferenciación política. Era el terreno propicio para convertirse en carne de cañón de la artillería neocon, tal y como se ha visto repetidas veces en el Ayuntamiento de Madrid.

P. ¿El desencanto es un estado de ánimo volátil -como volátil es esta época de agitación política constante- o ha llegado para quedarse?

R. El desencanto es un término cuya memoria nos lleva a la Transición, a las promesas frustradas por PCE y PSOE, a una crisis que destruía rápidamente el tejido industrial, a la marginación juvenil en forma de heroína. Hoy la situación es otra, y la carga afectiva de esperanza y expectativa que se ha puesto en Podemos y en las candidaturas municipalistas es mucho menor que en los años setenta, cuando el objetivo mínimo era un Estado de bienestar según un patrón nórdico y el máximo la revolución socialista. Por eso el desencanto hoy es más bien sinónimo de aburrimiento y decepción, y no tanto de nihilismo y desesperanza. Afortunadamente, el ciclo electoral no ha quemado todas las naves, existe un potencial de energía y de recursos gigantesco disponible para otras iniciativas. La tarea está en descubrir cuáles son estas propuestas que pueden volver a galvanizar esas fuerzas de movilización y cambio.

P. Los datos macroeconómicos mejoran, Rajoy está en Moncloa con la ayuda del PSOE y las calles están más o menos tranquilas. Aunque todo apunta a un cierre de la crisis política por arriba, dice usted que un problemilla impide la vuelta a lo de antes: la caída de la clase media. ¿Puede estabilizarse el régimen político sin una clase media estable? ¿Volverán los desclasados de clase media a protagonizar otro estallido como el 15M?

R. La erosión de la clase media, ya sea como representación social mayoritaria, ya como realidad material, es una tendencia a largo plazo en todos los países occidentales. Es el resultado de la caída histórica de los salarios, de la proletarización del empleo profesional y de la crisis del Estado del bienestar. En España estos factores se ven además agravados por su especialización económica en el turismo y en la captación de capitales en su casi siempre activo mercado inmobiliario. Con esos mimbres difícilmente se puede crear empleo estable, bien remunerado y que ocupe al millón largo de nuevos titulados que cada año producen las universidades españolas. Este es el “factor material” del 15M.

¿Qué tipo de sociedad se puede prever para las próximas décadas? Seguramente una no muy halagüeña y con condiciones de vida que serán de todo menos estables y garantizadas. Parece difícil que con esos mimbres y en el marco de un espacio político y económico (Europa) que resulta mucho más determinante que el del Estado español, se pueda estabilizar algo parecido a lo que se consiguió en los años ochenta bajo la batuta del PSOE y luego del turno con el PP.

P. ¿Cómo de muerto está el PSOE?

R. Seguramente menos de lo que parece. Lo más fascinante de las democracias representativas es la enorme flexibilidad de sus aparatos políticos cuando estos preservan algo de inteligencia interna. En el PSOE seguramente no hay mucha, pero quizás más de la que se pueda prever, al igual que en el PP. Además la alternativa, Podemos, va a seguir hecha unos zorros en el futuro inmediato. Atiendan a lo que pueda venir de Cataluña, al fin y al cabo es el laboratorio avanzado de lo que sucede en el resto del país.