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Reseña

Asambleas, huelgas y autonomía obrera en las fábricas del posfranquismo

Autor/a de la reseña: 
Enric Llopis
Mar, 24/01/2017
Medio donde se publicó: 
Rebelion
Link a la reseña original: 

http://rebelion.org/noticia.php?id=222037

El historiador y militante anarquista Miguel Amorós señalaba en un artículo de hace una década -incluido en el libro recopilatorio “Golpes y contragolpes” (Pepitas de Calabaza, 2006)- la llegada del gran “momento” de la autonomía obrera en el estado español. “La resistencia del régimen franquista a cualquier veleidad reformista hizo que las huelgas a partir de la del sector de la construcción en Granada, en 1969, fuesen siempre salvajes y duras, imposibles de desarrollarse bajo la legalidad que querían mantener los estalinistas”. Así las cosas, una parte del proletariado que rechazaba el capitalismo ya no quería esperar logros de sus representantes “legales” en las puertas de la Central Nacional Sindicalista (CNS). Su planteamiento era más ambicioso: la “acción directa”. Esto suponía la constitución de asambleas de fábrica, en el tajo y en el barrio, además de la elección de delegados sin intermediaciones y con carácter revocable. No sólo se defendía sin fisuras la soberanía de la asamblea, sino que se extendió la táctica de forzar al patrón a que negociara con los delegados de ésta. “La lucha se extendía a todo el ramo productivo y la huelga se convertía en huelga general, objetivo que cada vez conquistaba más adeptos, mediante los 'piquetes'”, explica Amorós.

Cuatro décadas después podría parecer inverosímil, pero en 1976 la tríada de ideas subversivas -autoorganización, autogestión generalizada y revolución social- podían, según el autor de “Durruti en el laberinto” o “Los situacionistas y la anarquía”, “revestir fácilmente una expresión de masas inmediata”. Proliferaron los consejos de fábrica vinculados a los barrios. No se trataba de un movimiento pueril ni inocente, que no evaluara de manera crítica las fuerzas propias y las del enemigo; tan es así que, subraya Miguel Amorós, “ese modo de acción autónoma debió de causar verdadero pánico en la clase dominante, pues ametralló a los obreros de Vitoria, liquidó la reforma continuista del franquismo, disolvió el sindicato vertical con las Comisiones adentro y legalizó a los partidos y sindicatos”.

El sociólogo e historiador Emmanuel Rodríguez López confirma en el libro “Por qué fracasó la democracia en España. La Transición y el régimen del 78” (Traficantes de Sueños, 2015) que no resultaba sencillo encontrar una coyuntura en que la huelga general “masiva”, “prolongada” y de “salida incierta” estuviera tan próxima. Y no sólo por los sucesos de Vitoria, donde el tres de marzo de 1976 la policía armada asesinó a cinco personas (otras 150 resultaron heridas de bala) durante una jornada de huelga general. La mayor oleada de paros del franquismo se extendió en el invierno de 1976 por el territorio español, de modo que más de un millón de obreros tomaron parte en conflictos como los del Baix Llobregat, Sabadell, cuencas mineras de Asturias, astilleros de Gijón, Málaga, Sevilla, el cinturón industrial y los principales servicios de Madrid, la construcción y el metal de Barcelona, la construcción de Valladolid, el metal de Valencia... Coordinado por la Fundación Espai en Blanc, el libro “Luchas autónomas en los años setenta. Del antagonismo obrero al malestar social” (Traficantes de Sueños) profundiza en este periodo de fuerte aspiración a la autonomía y autoorganización obrera.

Las batallas revestían una dureza enorme. Antes de las ocho de la mañana del lunes 21 de julio de 1970, un número considerable de albañiles granadinos fueron llegando y concentrándose en el bulevar, frente al edificio del Sindicato, hasta llegar a los 6.000 (12.000 si se suman los pueblos del entorno). Un mes antes habían comenzado las negociaciones del nuevo convenio de la construcción. Un antiguo obrero, Pedro Ortega, explica en sus memorias lo que ocurrió ese día: “Hasta entonces la policía nos atacaba con las porras y los botes de humo, pero de pronto empezaron a disparar los tiros, primero al aire y después a todo lo que se movía; murieron entonces los tres compañeros (…). Cada cual empezó a refugiarse donde podía, carreras por las calles, lanzamiento de ladrillos, detenciones...”. Se contabilizaron decenas de heridos, “muchos por disparos en las piernas o en zonas vitales”, explica Remigio Mesa Encinas en uno de los capítulos de “Luchas autónomas en los años 70”. El martes 22 de julio continuó la huelga. En el estado español y en Europa destacaron las muestras de solidaridad con los albañiles granadinos: dinero para ayudar a los familiares de los muertos, heridos, represaliados y despedidos; y también dinero para continuar con la lucha. El nuevo convenio colectivo provincial se firmó el tres de agosto. “Los resultados fueron, sobre el papel, mediocres”, recuerda Remigio Mesa, pero algunas partes del convenio se hicieron cumplir en la práctica por la presión de los trabajadores. También del conflicto se extrajo un aprendizaje común: el potencial de la asamblea para la movilización.

Felipe Pasajes aborda otro ejemplo de los conflictos de la época en “Arqueología de la autonomía obrera en Barcelona (1964-1973)”. Aunque los procesos en la capital catalana, a principios de los años 70, no difieren demasiado de lo ocurrido en el resto del estado: “El PCE intentaba convertir las comisiones obreras en la correa de transmisión del partido, reduciéndolas a un estrecho antifranquismo y lucha por la democracia”. Pero a esta tendencia escapaban una multiplicidad de núcleos obreros: Comités de Fábrica de Guipúzcoa, Acción Obrera en Vitoria y Vizcaya, Unión de Hermanos Proletarios en Madrid, CRAS en Asturias, núcleos obreros en Valladolid, Palencia y León... La presencia de estas organizaciones se concretaba en experiencias de lucha en las fábricas: Laminaciones de Bandas en Frío de Echevarri, en Vizcaya (enero-mayo de 1967); Blansol, en Barcelona (noviembre y diciembre de 1968), Authi en el polígono de Landaben, en Pamplona (marzo de 1970) o la huelga de la construcción en Granada. Más allá de la diversidad de grupos, muchos historiadores han visto en la eclosión de las primeras Comisiones Obreras, en 1962, el primer “momento” de la autonomía. Felipe Pasajes apunta las razones: “La clase obrera espontáneamente se autoorganiza para reivindicar sus derechos al margen de los cauces establecidos por la dictadura: Sindicato Vertical (CNS) y Convenios Colectivos”.

Otro episodio insoslayable fue la huelga en la factoría de sanitarios Roca, entre noviembre de 1976 y febrero de 1977. Albert Alonso Quiñones resalta en el libro de Traficantes de Sueños que en el municipio de Gavà, en la comarca catalana del Baix Llobregat, se produjo “un conflicto clave de la Transición española”. Durante 96 días los obreros de Roca decidieron autoorganizarse y se negaron a trabajar en solidaridad con unos compañeros despedidos. El capítulo dedicado a la huelga de Roca recoge el testimonio de los obreros en los estertores del conflicto: “Durante 95 días hemos estado a la cabeza del movimiento obrero en Cataluña y, en cierta media, en toda España; en unos momentos en que ese movimiento se ve acosado por todas partes, quieren convencernos a los trabajadores de que nuestros problemas se han acabado con la reforma política o que, en todo caso, ya se encargarán los reformistas de resolverlos; hemos dejado bien claro que, ahora más que nunca, es la hora de luchar”. Tras la vuelta al tajo, se tenía que negociar el convenio, y la empresa había puesto condiciones: no negociar con obreros si no habían sido electos en votación secreta. Los delegados lograron finalmente un aumento del 29%, subraya Albert Alonso, siete puntos por encima de los máximos establecidos en los Pactos de la Moncloa.

El historiador Miguel Garau aborda la lucha de los estibadores del puerto de Barcelona a partir del 12 de diciembre de 1976, que se agrega a la ristra de conflictos desplegados a partir de 1969-1970: Blansol, Harry Walker, Bultaco, Roca... Pero además marcó un hito en la onda larga: con el conflicto de los portuarios y los que siguieron en este sector en el periodo 1979-1988, “asistimos al principio del fin del ciclo de luchas autónomas que comenzara en el estado español en 1969-1970”. ¿Cómo caracterizar la realidad de las fábricas en la época? Para una nueva generación de jóvenes, ésta se podía asimilar a una suerte de “despotismo franquista”, explica Pablo César Carmona, uno de los fundadores del Observatorio Metropolitano de Madrid y actualmente regidor por la formación Ahora Madrid. La disciplina “esclavista” de la cadena de montaje, a la vez que la dictadura negaba los derechos más básicos, condujo a formas de lucha basadas en el sabotaje y el absentismo. “Plataformas”, una organización obrera de Barcelona, editaba “Boletines” que incluía una manual de “cómo hacer mal las cosas”; también de “cómo ser lo menos sistemático posible en la cadena”. Además no fueron tácticas de escaso recorrido. Pablo Carmona invoca “dimensiones de epidemia” en acciones que ralentizaban la producción, la hacían defectuosa o se basaban en laborar de manera más cómoda. En la factoría de Ford en Almussafes (Valencia), la producción se resentía durante el año 1977 en los “picos” de malestar obrero. En esas circunstancias, la producción de coches se podía reducir de 1.104 diarios a 700; y de estos, como mínimo la mitad salían dañados e inservibles de la cadena.

Las mujeres adquirieron un fuerte protagonismo en algunos de los conflictos. Por ejemplo, en la huelga de la factoría Roca su lucha resultó determinante; uno de los aspectos en los que se manifestó esta labor fue la organización del poblado de Roca, construido junto a la fábrica. En Madrid, la participación femenina revistió especial importancia en la huelga sostenida en la fábrica textil de Induyco. Otro frente significativo fue el de los presos, que analiza en el libro el colectivo de Sants “La ciutat invisible”. El título –“Subirse al tejado: las revueltas de los presos sociales en la Transición”- ya sugiere el peso de la Coordinadora de Presos en Lucha (COPEL) y el sentido de las reivindicaciones. Uno de los orígenes de estas se sitúa en el Real Decreto de Amnistía aprobado en julio de 1976 por Adolfo Suárez, para presos por motivos políticos no imputados en delitos de sangre. Los reclusos comunes fueron ninguneados con la medida. Al día siguiente, las pancartas que en los tejados de la cárcel de Carabanchel exhibían los reclusos de la séptima galería, anticipaban años de durísima batalla: “Amnistía total”, “Indulto para los comunes”, “Pedimos una oportunidad”… Se produjeron réplicas en las cárceles de La Coruña, Córdoba y San Sebastián. Con este capítulo concluye la primera parte del libro de “Traficantes de Sueños”. El segundo bloque penetra en la actualidad, potencia y límite de los movimientos autónomos, con aportaciones del Sindicato de Obreros del Campo (SOC), la experiencia de Socialismo o Barbarie, el Colectivo Situaciones o La Guillotina, sobre la autonomía en México.