Los chuchos no tienen miedo. Recuperando a Paco Vidarte

Sofía Ugena-Sancho Profesora de Antropología (UNED)
El Salto Diario
07/12/2021
LGTBQ

“La solidaridad no es un valor moral, es una actitud sistémica desestabilizadora y de conflicto”

Ética Marica

 

Esto no es una reseña. Es una excreción resultado de una lectura incendiaria. Es un pensar juntas, a través, a la contra, hacia las afueras de. Es un texto que en absoluto hace justicia al libro que lo convoca pues pretendía ser parido a las orillas de la academia y descubro apenada que prontamente a mi escritura se le multiplican los amos.

El término “reseña” proviene del latín resignāre. Sirvan estas palabras de disculpa pues efectivamente esto no es una reseña, pues no renuncia, no se resigna ni devuelve el don que le ha sido entregado.

“La publicación de este libro es un acto de amor”, reza el prefacio de Fefa Vila y Javier Sáez, compiladores del reciente Por una política a caraperro: placeres textuales para las disidencias sexuales (Traficantes de sueños, 2021) de su desaparecido amigo Paco, Paco Vidarte. Este libro reúne por primera vez en un solo volumen ocho textos de Vidarte, antes dispersos en archivos, fanzines y revistas, en los que se aprecia la fosforescencia de su pensamiento y compromiso político.

Vidarte, filósofo y referente LGTBIQ, murió en el año 2008, dejándonos huérfanas a toda una horda de invertidas que directa o indirectamente hallábamos refugio en su acción y su palabra. Afortunadamente nos quedan sus libros. Por suerte nos quedan sus amigos. Amigos como Fefa Vila, Javier Sáez o Carolina Meloni que compartieron con él pensamiento, placer y lucha. Amigos que a su texto cosieron el cuerpo de Paco, incorrupta la corrompidísima mano. Amigos que hoy desde su profundo amor nos ofrecen, generosos, su palabra. Nos convidan a su lucha.

 

Ceci n’est pas un livre

Cuando en 1929 Magritte pinta la famosa pipa que no es una pipa, estaba ya aludiendo a la doble articulación entre lo representado y su representación. Esta fractura entre la palabra y la cosa, si seguimos a Foucault (2006), pone en duda el ligamen representativo e introduce una grieta en la equivalencia, abriendo un espacio de incertidumbre pero también paradójicamente de radical creación.

Cuando en 2007 Paco Vidarte abre su famosa Ética Marica con esta declaración de intenciones: “Esto no es un libro. Es un interruptor” denuncia este fallo en la sintaxis, esterilidad política, fósil episteme. Por ende nos arroja un libro que no es un libro, un libro con voluntad de interruptor, de cortocircuito, una pipa que denuncia el vacío material de la pipa, que la convoca discursivamente creando para ella un lugar de aparición, de acontecimiento; un libro que no es un libro sino una herramienta sustraída a la casa del amo. ¿Es eso posible, Audre?

La fractura que introducen Kandinski o Magritte en la pintura al trastocar la equivalencia entre el hecho de la semejanza y su vínculo representativo afirmativo desplaza al espectador de un lugar pasivo a uno activo. Esta apelación estética redunda por ello en una apelación ética y política. En ese sentido, cuando Vidarte escribe un libro que no es un libro nos coloca en un lugar de acción. Lugar de acción que ocupamos hace años al leer por primera vez Ética Marica y que retorna hoy con Por una política a caraperro. Lugar que la adolescente bollera de Carabanchel que fui ocupaba ya sin saberlo, sin defender su preciada rabia.

El diálogo que inaugura el artefacto no se limita al artefacto, lo desborda y lo refracta del mismo modo que entendía Stein que toda una civilización podía nacer de una rosa que es una rosa es una rosa. Como interpreta Foucault (1981), la obra de Magritte está compuesta con los pedazos de un caligrama destruido que trata de recomponerse desde la paradoja, abandonando la tautología. La tautología de la verdad sin excepciones, de las proposiciones incondicionalmente verdaderas para todo mundo posible que es ningún mundo posible, un discurrir sin discurso, como entendía Wittgenstein. Desgraciadamente, la política actual deviene cada vez más tautológica y hauntológica, por ello la brecha que inaugura una pipa que no es una pipa o un libro que no es un libro debiera hacernos pensar en organizar una revuelta que no sea una revuelta.

Los textos que recoge Por una política a caraperro cuentan además con la particularidad de emerger desde un pretérito de unos veinticinco años, lo que nos insta a yuxtaponer los momentos históricos, las formas y narraciones para poder reapropiarnos del corpus y la lucha vidartiana con el objetivo de “mapear de nuevo nuestras ciudades y pueblos desde nuevas conflictividades ligadas a los derechos humanos, a la salud, al cuerpo y al deseo, que necesitan ser visibilizadas y sobre todo necesitan de un encuentro político, queerpo a queerpo, tras el armariazo, tras el control biopolítico del contacto que instaura la COVID. Lo queer como un tejido arácnido colectivo que toma la ciudad en sus recodos, como un cuerpo común que se activa…” (Vidarte, 2021:20, del prefacio de Vila y Sáez).

Esta suerte de après-coup nos permite rescatar la historicidad de lo destruido, su potencia revolucionaria, para conjugarla con el deseo de movimiento actual en el sentido en que Derrida, maestro de Vidarte, entendía que “más que destruir era preciso asimismo comprender cómo se había construido un conjunto y, para ello, era preciso reconstruirlo” (1997).

A esta tarea de dinamitación creadora, demolición, como señala Meloni en el bellísimo prólogo en el que realiza una breve genealogía de su obra, consagró Vidarte su relampagueante pensamiento, su martillo, su hoz, su pluma, su culo, su boca, su vida, su barricada.

 

Placer textual, disidencia sexual

Este pensamiento relampagueante en Vidarte fue siempre de la mano de una militancia política subversiva, radical. Una militancia que abogaba por la repolitización del discurso filosófico, la acción en las calles y su reapropiación deseante. Una militancia tejida entre maricas, bolleras, trans… Todo el caleidoscopio de monstruas, todas las zorras y perras, todos los abyectos, la excreción que el sistema exuda limpiándose los muertos.

La articulación múltiple de un sujeto político de la opresión fue una de sus más fuertes apuestas, como señalan Vila y Sáez. Vidarte entendía que ante una opresión sistémica la única respuesta ética admisible debía de ser una Ética LGTBQ que cubriera todos los frentes de marginación: transmaribollos, pobres, migrantes, negr*s, indi*s… Radical heterogeneidad, como la entendía Bataille (1985), todo eso otro inasimilable, inconmensurable en su repulsividad, en su negativa a ser asimilado, homogeneizado y destinado por ello a resistir de manera conjunta. Las alianzas del mundo zurdo, como las bautizó Anzaldúa, nos permitirían una recreación de la sociedad descentrando su hegemónico ce(n)tro.

Por ello este pequeño libro que no es un libro aboga por una política interseccional, marginal, de trinchera, de límite, a caraperro. Esta propuesta vertebrará de una u otra manera sus ocho textos que abarcan desde la crítica del armario como institución, hasta el valor de uso de la identidad o el matrimonio homosexual como trampa y soborno de lo simbólico ante el VIH.

Veamos algunos de ellos de manera más detenida. El volumen se abre con un texto titulado “Cero a la izquierda”, escrito junto a Ricardo Llamas en 1995, en el que reflexionan sobre la controvertida relación entre izquierda ideológica y pragmática transmaricabollo. Este texto entronca con el posterior “Identidad” (1999), también escrito en conjunto, donde se aborda la homogeneización de la categoría “homosexuales”, codificada por la heteroidentidad y la dificultad de encontrar una nomenclatura en la que quepamos todas. ¿Podemos formar un cuerpo social común? ¿La heteroidentidad homosexual es análoga a la heterosexual? ¿Previa a la identidad conjunta el marica nace o se hace? Este arcaico debate entre esencialismo y constructivismo es tratado desde las consecuencias que tiene el valor de uso de la identidad, algo que Vidarte y Llamas entienden como sustancial de la lucha política. La identidad, dirán, “es la única forma de resistencia colectiva” (2021:83). Como entendía también Guattari, ante el repliegue de la subjetividad posmoderna, ha de producirse una nueva subjetividad individual y colectiva que responda a la emancipación creativa. Ante la homofobia institucionalizada, la deriva filofascista, o el feminismo terf, la reinvención de las subjetividades y colectividades en lucha se torna forzosa.

Paradójicamente, en “Cero a la izquierda” Vidarte y Llamas denuncian el lugar prescindible que la disidencia sexual ha ocupado en la lucha política de izquierdas. Abocadas como nos sentimos a pedir asilo a un frente revolucionario que entendemos recoge nuestra existencia somatopolítica, llevamos décadas dándonos de cabezazos contra una pared que apenas tolera nuestra presencia, nuestra pluma, nuestros dildos, binders, cirugías, nuestros cuerpos marcados, tratando de aligerarlos en aras de proseguir con su lucha. Una lucha en la que nos incluyen en las últimas décadas, estética y económicamente mediante. Para proseguir con esta revisión historicista recomiendo el profundo trabajo de Piro Subrat.

Vila y Sáez, en el prefacio, también hacen hincapié sobre esta necesidad de alianzas en un momento en que se nos multiplican las herramientas del amo. Aluden a la necesidad de repolitizar nuestras calles, vacías a consecuencia del “armariazo” del último año. Esta metáfora opera como guiño al texto de Vidarte ”Armario. La vida privada del homosexual o el homosexual privado de vida” (1999) también escrito junto a Llamas, donde exploran esta estancia como institución opresora. Habitáculo de reclusión del deseo disidente, el armario “está pensado para borrarnos de la sociedad robándonos la palabra y el acceso a la vida pública” (2021:48) El armario nos permite follar a oscuras, calladitas, narcotizadas en nuestro nicho antipolillas, que a nadie le importa con quién te acuestas, que no me importa que seas maricón, hijo mío, si yo te tolero, pero tu culo en casa y tu boca también. La perversión de este espacio de lo privado erradica la potencia de nuestra comunidad y a nivel individual, como señalan Vidarte y Llamas, dificulta el establecimiento de nuestra identidad mediada por unos referentes culturales. En esta senda, como prosigue un poco más adelante en “Disgayland: fantasías animadas de ayer y hoy” (2001), un lúcido y divertido recorrido por los dibujos animados y su transformación de las últimas décadas de la mano de Space Jam o el amariconado toro Ferdinando, la mirada autorreferencial del niñ* transmaribollo que fuimos y creció sin referentes trata de rastrear las migas de homoerotismo diseminadas por toda suerte de artefactos culturales. Ese niñ* que creció sintiéndose invisible, sin poder constatar, contrastar su relato, su logos erotikos. Cuando una es pequeña, ante ese desfiladero de la representación, una retrocede, se repliega y se mete “voluntariamente” (nada tiene esto de voluntario, seamos sinceras) en el armario.

Señalaba Sedgwick en Epistemología del armario (1998) cómo los binomios público/privado y secreto/revelación se entrelazan en torno al armario como estructura y tropo que define la opresión homosexual en los dos últimos siglos. El binomio de secreto y revelación entra en juego cuando la persona decide traspasar la membrana del armario, operación que sabemos infinita ad nauseam, pues el armario es una estructura arraigada tanto en el interlocutor como en la interlocución, y sacar la piedra del armario es lo que trataba de hacer Sísifo. Pero Vidarte y Llamas tienen unas sencillas instrucciones que considero esencial reproducir aquí: “Al salir del armario hay que procurar siempre abrir la puerta violentamente, con fuerza, y darle con la misma puerta en las narices a quien estaba fuera esperando una confesión victimaria. Una salida del armario no ha de ser pusilánime y autoinculpatoria. Hasta puede ser todo un acto reivindicativo y político” (2021:57-58). Como vemos, tiene mucho menos que ver con la jaculatoria de San Agustín y más con Paca, mujer pobre y trans que en los años 60, relata Mar Gallego (2021), detuvo una procesión en el Puerto de Santa María al grito de “¡Muera Franco!”.

Ojalá hubiera leído estas instrucciones a mis catorce años, Paco.


A caraperro

Las prácticas maricas que planteaba Vidarte no admitían concesiones. Porque romper la tautología política en la que vivimos implica muy posiblemente “llegar a las manos” (De Peretti y Vidarte, 1999) que no es necesariamente mejor ni peor que “llegar a la lengua” teniendo en cuenta el régimen disciplinario de discurso que habitamos. La lengua subordina la zarpa para convertirla en mano. Como apunta Meloni, hacia el final de su pensamiento imperan en Vidarte las imágenes animales: las perras, la horda freudiana. ¿Qué late en esta animalidad? Pues nos hace pensar en la antigua formulación de la naturaleza foucaltiana cuya búsqueda de lo salvaje, en aras de otras escalas de valor, fractura en cierto modo el bien establecido. Del mismo modo que situaríamos en este surco la alianza que efectúa Halberstam (2008) entre lo salvaje y lo queer, abriendo un espacio de interacción de nuevas lógicas salvajes de la existencia. Sin embargo ¿qué potencia material y epistémica tiene esta alianza? En “El banquete uniqueersitario: disquisiciones sobre el s(ab)er queer” (2005) Vidarte afirma lo queer como némesis de la universidad, por no poder ser universalizable. Lo queer, tal como entiende, se resiste a ser fagocitado por la universidad, a ser medido, archivado, neutralizado. Una universidad incorpórea, cuyo discurso mana desde el no cuerpo, nos dirá en “El internauta desnudo: la autoimagen pornográfica en el imaginario yoico”(2006), artículo inicialmente publicado por la universidad, que comenzaba por impregnar de lubricidad la institución académica mediante la intersección entre pornografía y construcción de las nuevas subjetividades, estadio del espejo mediante.

Cierra este fantástico libro un breve artículo sobre el bullying infantil titulado “¡Qué mariquita ni qué niño muerto!” (2008) que comienza así: “Si volviera a nacer, volvería a ser maricón. O lesbiana. En esto coincidimos todos, al menos todos los que seguimos vivos heroicamente en una sociedad heterosexista y homofóbica (…) Esto es el orgullo gay, no otra cosa” (2021:153). El orgullo de haber sobrevivido, de seguir sobreviviendo a la continua violencia que se nos escribe diariamente en el cuerpo a través de todo un engranaje de opresiones bien engrasadas. Así, Vidarte muestra las dos caras de la agresión infantil al presentarnos al niño mariquita, y/o gordito, y/o rarito y al agresor, cishetero, misógino, mucho español sin mácula. Esta construcción discursiva que ya se teje en la infancia marcará el devenir de este sistema capitalista, colonial y heteropatriarcal que nos han legado y al que urge empezar a morder a caraperro y cuatro patas. Pues como apuntaba Vidarte anteriormente, lo queer nace desde abajo, desde el lumpen y la calle, y no necesita de arengas emancipatorias desde el púlpito progre. Lo queer no necesita esta reseña. Lo queer no puede aliarse con el falogocentrismo, con las trampas del estructuralismo ya anunciadas por Wittig, con el psicoanálisis de innegable cérvix homófoba. Lo queer no se enseña, por mucho que fueran Sáez y el propio Vidarte los artífices de atravesarlo por primera vez en las aulas españolas; lo queer se vive, se transita, se lucha y se reseña si una se aburre mucho, pero no se enseña.

Y sin embargo leer esta honestidad, esta iluminada rabia, esta certera escritura sí efectúa una marca que quizá poco o nada tenga que ver con la lectio pero a estas alturas a quién le importa eso. Leer a Vidarte provoca un movimiento.

“El texto lo dice todo, menos qué hacer con las manos” nos dicen De Peretti y Vidarte, (1999: 109). ¿Qué hacer con la mano que sujeta la piedra, la mano que se hiende en la posibilidad infinita de un coño, que abre la potencia de un ano? ¿Qué hacer con la suciedad que acarrea una mano intraducible? “La política perra no es sucia”, aclara Vidarte. “Sucios y cínicos ellos, que tienen el poder, que se han inventado el juego de la negociación política” (2007:83). Juego al que llevamos años jugando: tolérame, asimílame, prometo ser bueno. No obstante, no se trata de pasar a lo loco a verbīs ad verbera sino de comprender que transgredir un límite no conlleva mayor violencia que aquella que se virtió en coagularlo.

Pero entonces, ¿cómo responder a las actuales lenguas que nos borran, a las manos que nos zarandean, a su ansia de aniquilación de estas incómodas vidas nuestras? ¿Cómo responder de manera conjunta desde nuestra asumida manquedad, desde la amputación a la que nos somete su colonial cisheteronorma? ¿Qué hacer con la violencia sobre cuerpos maricas, bolleros, pobres, indios… violencia que nuestr*s herman*s trans soportan a diario? Tras leer a Vidarte temo no tener respuestas, pero quizá sí alguna herramienta más para fabricarme un martillo percutor. Pues como expresa Meloni, Vidarte “es el pensamiento como ametralladora, como barricada y máquina de guerra, pensamiento siempre dispuesto a perforar y abrir los muros que se levantan ante nosotros, a resquebrajar y denunciar todos aquellos sistemas de opresión que no dejan de asediarnos y atravesarnos” (2021:25).

Leer a Vidarte no es leer un libro; es, efectivamente, accionar un interruptor.

 

Referencias bibliográficas

Bataille, G. (1985), El erotismo, Tusquets, Barcelona.

Derrida, J. (1997), Mal de archivo. Una impresión freudiana, Trotta, Madrid.

Gallego, M. (2020), Como vaya yo y lo encuentre. Feminismo andaluz y otras prendas que tú no veías, Libros.com, Sevilla.

Foucault, M. (1966), Les mots et les choses, Gallimard, Paris.

― (1981), Ceci n'est pas une pipe, Fata Morgana, Paris.

Halberstam, J. (2008), Masculinidad femenina, Egales, Madrid.

Peretti C., Vidarte P. (1999), Derrida (1930), Ediciones del Orto, Madrid.

Subrat, P. (2020), Invertidos y rompepatrias: marxismo, anarquismo y desobediencia sexual y de género en el Estado español (1868-1982), Imperdible, Madrid.

Vidarte, P. (2007), Ética marica, Egales, Madrid.

― (2021), Por una política a caraperro. Placeres textuales para las disidencias sexuales, Traficantes de Sueños, Madrid.